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Los mascadores de coca de los andes peruanos

Todo un pueblo poseído por la embriaguez durmiente. Una inculpación injusta a los conquistadores españoles. Los incas practicaban la trepanación con la coca como anestésico. La coca, alimento, mercancía y moneda.

Nuestros ramplones señoritos de cabaret creen llegar al séptimo cielo de la “perversidad” distinguida cuando en uno de esos sórdidos establecimientos absorben ostensiblemente un papelillo de “nieve”, que muchas veces no es cocaína, sino vulgar e inofensivo bicarbonato.

Hay un pueblo —todo un pueblo— donde la absorción de cocaína en su estado natural de alcaloide de las hojas de la planta famosa, no es por cierto una broma, sino un mal terrible, tal vez un trágico consuelo, una evasión suicida. Son los indios de los Andes sudamericanos, particularmente los Incas, con sus reyes “Hijos del Sol”, sus templos ciclópeos sobre las altas montañas, sus ciudades como balcones de abismos, sus terrazos cercanos del rayo y de las estrellas, su comunismo alimenticio, sus ídolos de oro macizo…

Todo este pueblo hoy —quizá por olvidar su pretérita gloria y posterior servidumbre— está dominado por una colectiva embriaguez durmiente. Es un semisueño, una modorra pasiva de olvido y aniquilamiento de muchos siglos, un nirvana terrenal cuidado día tras día, sin teatrales gestos externos, frente al tiempo, el sufrimiento y el Destino implacable.

¡El sueño en vigilia que produce la embriaguez lenta, silenciosa y pacífica de los jugos de la coca! Hombres, mujeres y niños mascan sin descanso las hojas de coca, y su terrible alcaloide viene destruyendo desde hace siglos con su doble efecto excitante y analgésico a la antiquísima y noble raza que levantó cara al cielo en los picachos de la ingente sierra andina, la alta civilización inca.

La coca es el alimento primario y el deseo máximo de vida. Todos son mascadores de coca, desde sus tiernos años hasta el fin de sus días malditos. Un hombre joven, a los treinta años, tiene ya el rostro convertido en una máscara horrible arrugada y vieja, con unos ojillos entornados y ausentes de durmiente eterno…

Una culpa injusta atribuida a los conquistadores españoles

Suelen considerarse los hechos del pasado de los pueblos no conforme al vivo y real organismo histórico de las circunstancias y tendencias en que se produjeron, sino aislándolos y juzgándolos con arreglo a criterios morales y sociológicos establecidos “a posteriori”. Con este método antihistórico se han trazado muchos cuadros de la conquista española de las Américas, recargados con los más negros colores. No fue, natural, una excursión burocrática, con arcos de flores y fácil retórica de un hispanoamericanismo inventado por abogados y arribistas de Ateneo; pero cuidado con las leyendas.

La leyenda histórica atribuye a los españoles una culpa que supondría una maldad refinada, un sutil y criminal cálculo político. Que es lo siguiente: al llegar los españoles al Perú, espada y crucifijo en manos, la masticación de la coca era una especie de “vicio distinguido”, como de nuestros señoritos, un privilegio de la casta superior de la indiada inca.

Los indios, agrícolas, pastoriles y guerreros, con una vida social regulada pero poco complicada, eran indolentes. Además de su indolencia, no estaban dispuestos a trabajar para sus enemigos. Los conquistadores, para reducirlos al trabajo y a la explotación en las antiguas minas de plata, acostumbraron a la indiada baja pero libre a masticar las hojas de coca, con el fin de aniquilar su voluntad y su resistencia…

La verdad es que los indios en general ya eran esclavos de la planta embriagadora y dormitiva mucho tiempo antes de que el extremeño Pizarro desembarcara en el golfo de Guayaquil con sus 300 hombres. En el antiguo Imperio del Sol —como hoy— ya se conocía el cultivo consciente de la coca, para lo cual —como en nuestros días al pie de la imponente fortaleza inca de Machu Picchu— se utilizaban las plataformas y terrazas artificiales construidas en las laderas de las gigantes montañas.

Los incas, no sólo conocían el “paraíso artificial” del jugo de la coca, sino también sus virtudes medicinales y quirúrgicas como anestésico. Se ha comprobado que dominaban con maestría la técnica de su aplicación, porque muchos cráneos de antiguos esqueletos presentan señales de trepanación perfecta con anestesia local conseguida gracias a la aplicación de hojas verdes de coca.

La múltiple y extraña utilidad alimenticia, mercantil y financiera de la coca

En los altos y pequeños pueblos andinos, en las plazas de las ciudades importantes del llano, en los mercados del Cuzco peruano o de La Paz boliviana, dondequiera, las hojas de coca constituyen un importantísimo objeto de transacciones comerciales.

No sólo se vende, no sólo se compra la hoja de coca, sino que sirve incluso de moneda. Parece ser que, a veces, cuando al Gobierno le escasea el numerario, se paga a los soldados con hojas de coca. ¡Curiosa inflación monetaria, formidable recurso del ministro de Hacienda! También suelen pagar en coca los patronos a sus obreros y peones.

Con coca y chica (bebida alcohólica de maíz fermentado con agua azucarada) vive y se mantiene en pie la indiada explotada y miserable. Es el alimento sintético y universal, con gran satisfacción de las clases “dirigentes” de Bolivia y del Perú, que consideran una feliz sociología el tener convertida a la indiada durmiente en un dócil rebaño durmiente de hojas de coca…

Sólo masticando hojas de coca es capaz un indio de subir con una carga a cuestas montañas de 3.000, 5.000 metros, con ese su caminar menudito, siempre igual, de sonámbulo. Los efectos calmantes y estimulantes de la coca acallan el hambre, el dolor y la fatiga. Apagan también la voluntad. Endormecen [sic] las reacciones psíquicas. “Pacifican” los espíritus. ¡Soberbio instrumento de gobierno!

Porque no le falten sus hojas de coca, puede el indio reducir a su familia a la última desnudez y miseria, vender incluso su única y apreciadísima riqueza semoviente: el “poncho” con que se cubre en la calle y en la cama. Por eso es tan grande su tráfico: las llamas lanudas y domésticas van y vienen por los senderos de las montañas, con su carga para el mercado de hoja seca de coca. La indiada perece envenenada; pero los mercaderes hacen su negocio y hasta algunos se enriquecen. Ama a tu prójimo como a ti mismo…

¡Jovencitas y señoritos cocainómanos de cabaret: vuestro vicio “elegante”, ya lo veis, no es sino una caricatura grotesca de ese otro hábito inveterado y secular que tiene adormecido y aniquilado a todo un pueblo!


Ángel Pumarega, en Ahora (Diario Gráfico), 3 de mayo de 1934, pp. [18-19].