Tóxicos
Con la presente crónica, principiamos a publicar una serie de artículos encaminados a dar a conocer a nuestros lectores datos curiosos sobre la vida de esos seres desgraciados que viven en el mundo del hampa y de la delincuencia. Larva indecorosa, que como un castigo del cielo, viene a ser la perturbación, la intranquilidad, el desasosiego de una sociedad civilizada como la nuestra, que aún no ha podido deshacerse de semejante plaga social. En este primer capítulo trataremos de los tóxicos. En España casi no se conocían los toxicómanos. Las drogas tóxicas apenas si tenían algunos devotos que inconscientemente y solo por novedad las ingerían, curiosos por conocer los efectos que podrían producir. ¡Se había hablado tanto de la morfina, de la cocaína y del opio! Luego, ¡se mentaba con tanto elogio a los tomadores de éter, a los comedores y fumadores de haschisch!…
En nuestros días, son ya legión los desgraciados que a tan ruin costumbre se dedican. Esos tóxicos, comúnmente llamados estupefacientes, no deben apasionar a las personas y menos si se precian de poseer algún grado de cultura, ya que los que caen en tan repugnante vicio, como nos dice el ilustre doctor don Julio Ortega, “son débiles mentales, abúlicos, fáciles a toda sugestión, entre los que el proselitismo de los iniciados hace verdaderos estragos; y son también en ocasiones, enfermos o exenfermos de afecciones dolorosas, a los que para calmar sus sufrimientos se les ha administrado morfina u otros componentes del opio, que han de engendrar en ellos el hábito funesto”.
En donde esas drogas estupefacientes se divulgan más es en los cabarets y en los burdeles. En esos “templos” del vicio, a escondidas, se trafica comercialmente con ese activo veneno. Por lo regular, ya que se trata de drogas prohibidas, los que las expenden son gente del hampa, acostumbrados a vivir fuera de la ley y a delinquir, con tal de ganarse unos dineros sin trabajar. En cambio, los cocainómanos suelen ser gente acomodada e hijos de personas “bien”, que por no tener ocupación hacen una vida libertina y frecuentan las tahurerías, los prostíbulos y casas poco recomendables. Entre los aficionados a los tóxicos abundan las “horizontales”, mujeres encenagadas en la mala vida y que ya no tienen “nada que perder”. Estas desgraciadas, habituales al vicio, son las que más contingente dan a la lista de víctimas que produce ese tráfico vituperable que ilícitamente se hace de semejantes drogas…
En Turquía y Asia Occidental, hay comedores de opio. En Asia, en Persia, en Indochina y también en Europa, hay fumadores de esa misma planta. En Inglaterra existen bebedores de láudano. En América del Sur es donde la “coca” está más arraigada entre los masticadores de esa hoja y la tienen como un alimento, pues al ingerirla les da cierta fuerza, que les hace resistir trabajos penosos. En España, hasta la presente casi se fue empleando la cocaína solo para fines terapéuticos. Entre los orientales, lo más corriente es fumar, y hasta comer haschisch, hierba resinosa de los fakires…
¿Qué efectos producen estos tóxicos en las personas? Hablaremos de los eterómanos, cocainómanos y morfinómanos, que suele haber en nuestra patria. Estos desgraciados suelen tomar el éter sólo o diluido, y algunos aspiran sus vapores; los que usan la cocaína se dan fricciones con ella en las encías o la absorben por la nariz a modo de rapé, y los viciados con la morfina se inyectan el cloruro mórfico en solución o adquieren ya preparadas las ampollas inyectables. ¿Efectos? Un período de “euforia”, ensueños agradables, sensación de bienestar, “paraíso celestial” que halaga y produce un placer de verdadero éxtasis… Después viene el decaimiento físico y moral, la ruina de toda noción, la alteración de las funciones orgánicas, la idiotez, conjunto vario que pone al sujeto en un estado demencial que espanta y lo deja convertido en un despojo humano.
Da lástima una persona en estado de piogenia. Lástima, porque con suma facilidad puede aprovecharse de estos idiotizados e imbéciles corrompidos por tal vicio, para cometer cualquier delito, y son también propensos por su vesania a ser arrastrados al crimen o al suicidio… Por eso los legisladores han procurado con medidas acertadas impedir semejante comercio, que tantos estragos produce entre la sociedad y que tanto degenera a la raza. Ese tráfico ilícito es perseguido con dureza, pues la gente del hampa que lo trafica y explota no tiene en cuenta que esos tóxicos suelen convertir a los que los usan en unos guiñapos de repugnante incapacidad mental.
Emilio Juan Favieres, en Heraldo de Castellón, 16 de julio de 1935, p. 1.