Perfil de un aventurero de entreguerras: el Barón de König
Friederich-Rudolf Stallman nació —según el investigador Jorge Ventura Subirats— en 1867 en la ciudad alemana de Hannover. Otros autores, como el ex comisario de policía Manuel Casal Gómez, sitúan su nacimiento algunos años más tarde, en 1874, y en otro lugar, concretamente en Postdam, estado de Brandeburgo. Parece ser que procedía de una familia honrada de comerciantes o mercaderes. Pero con toda seguridad, a lo largo de su azarosa vida, utilizó varios nombres más o menos ficticios: etcétera; además de autoadjudicarse —previa correspondiente documentación amañada— el pomposo y apócrifo título de barón de König.
Este personaje comenzó su peculiar trayectoria trabajando de camarero, aunque desde muy joven sintió una afición desmedida por el juego, lo que le llevó a adquirir muy pronto una gran agilidad y destreza en el manejo —tanto legal como fraudulento— de los naipes, los dados y la ruleta.
Tras el fallecimiento de su padre, fijó su residencia en Bruselas, donde abrió un cabaret por cuenta propia en una calle céntrica de la capital belga. Como el negocio no fue muy boyante, traspasó el local justo al año de haberlo abierto y con el producto de la transacción cambió por completo su indumentaria y se lanzó de lleno a una existencia aventurera. Gracias a su aplomo y habilidad, no tardó a ser conocido en todas las salas de juego de Bruselas por su extraordinaria desenvoltura en la manipulación de las cartas, siendo contratado como crupier en algunos casinos elegantes.
En 1897 fue obligado a dejar a su familia como consecuencia de una queja y se trasladó a Berlín, donde ganó —con malas artes— 25.000 marcos a un capitán del ejército prusiano, quien denunció el hecho a las autoridades. Fue condenado por un delito de estafa a seis años de prisión, pero consiguió huir antes de ser encarcelado, siendo declarado en estado de rebeldía. Resultó detenido en Niza y fue expulsado por las autoridades francesas en 1902.
Cruzó el océano y permaneció oculto varios meses en Buenos Aires, hospedándose en uno de los mejores hoteles de la capital argentina bajo la falsa identidad de Alberto Colmann, y fingiendo ser un ingeniero de origen alsaciano. Se casó con la señorita Lemoine, hija de un conocido médico parisino. Rápidamente su mujer adoptó la personalidad de la baronesa René Scalda, y su marido se hizo presentar en varios círculos de recreo por un judío polaco llamado Henrich Mayer, con quien había intimado en el hotel donde se hospedan y a quien terminó estafando 14.000 pesos convenciéndole de la apertura de una imaginaria casa de juego por todo lo alto, y el cual acabó suicidándose.
Poco más o menos al año de haber desvalijado al judío polaco, se presentó en Caracas con el nombre falso de Federico Stagni y diciendo ser apoderado o representante del célebre casino de Montecarlo. En uno de los arrabales más solitarios de la capital venezolana estableció con ayuda de otros vividores un sórdido tugurio dedicado al juego al que pomposamente bautizaron “Sucursal de Montecarlo” y en el que se dio cita no sólo toda la golfería andante, sino también los más contumaces e irredentos criminales del país. Finalmente, la policía venezolana intervino de manera enérgica, clausurando la famosa “sucursal”. Aunque la Prensa y la opinión pública venezolana se hicieron eco del escándalo de la chirlata, el aventurero y sus compinches en este negocio desaparecieron a tiempo para no caer en manos de la justicia.
Con los bolsillos repletos y fingiendo ser un personaje de noble linaje, recorrió Egipto, Turquía y Persia, entre otros países, hasta que en 1907 fue acusado del homicidio de un comerciante de diamantes en Transvaal.
De regreso en Europa, dejó su rastro de estafador y tramposo profesional en Londres, Amsterdam y Spa, ciudad belga famosa por sus aguas termales, sus balnearios de recreo y su casino de estilo neoclásico. En 1910 fue encarcelado en Alemania, bajo el nombre de barón von König, como consecuencia del escándalo protagonizado en un casino. Luego sería detenido en Londres bajo la identidad de Von Rosbdel. También se sabe que encabezó una banda de estafadores internacionales que operaba en la Costa de Azul francesa.
En agosto de 1915, en plena Primera Guerra Mundial, se personó en Fuenterrabía en compañía de dos damas elegantísimas —su mujer, la falsa baronesa René Scalda, y su amante, que respondía a las siglas C. J.— luciendo un magnífico automóvil marca Mercedes, conducido por un chofer uniformado, haciéndose pasar por ciudadano francés y alquilando un aristocrático chalet en dicha localidad. Nada más llegar, entregó 500 pesetas al alcalde de la villa donostiarra para que las repartiera entre las familias más necesitadas de la población y durante un tiempo todas las personas menesterosas que acudieron al chalet en demanda de limosna fueron espléndidamente socorridas. Así consiguió granjearse el respeto y la estima en toda la zona de la costa donostiarra hasta Irún, haciéndose nombrar director del Casino de Fuenterrabía, cargo que supo explotar admirablemente desplumando a infinidad de incautos. En un informe remitido a las autoridades francesas, acusó de germanófilo y gran conspirador contra los aliados al cantinero de la estación de Irún, Antonio Calvo, quien se había apiadado de unos soldados alemanes evadidos de un campo de concentración francés, facilitándoles ropa, alimentos e incluso periódicos alemanes. Valiéndose de una atractiva muchacha francesa, el falso barón, consiguió que Calvo se desplazara hasta Hendaya, donde fue apresado inmediatamente por las autoridades francesas, siendo fusilado dos meses después en Burdeos.
El aventurero permaneció en Fuenterrabía, alternando sus actividades como espía con las dirección del salón de juego de la localidad, hasta mediados de 1917, cuando resultó desenmascarado ante el gobernador civil, Sr. López Monís. Pero antes de que la primera autoridad civil de la provincia procediera a su expulsión, volvió a desaparecer rápida y misteriosamente.
Desde la frontera vasco-francesa se dirigió a Bilbao y una vez allí se trasladó a Palma de Mallorca, donde hizo estragos en varios círculos de recreo. Más tarde estuvo en Cartagena, y después en Málaga, Sevilla y Cádiz, dejando en todas estas ciudades amargos recuerdos de su paso.
A principios del mes de septiembre de 1918, estando próximo a firmarse el armisticio, recaló en Barcelona junto con su mujer, la falsa baronesa René Scalda —mujer bastante agraciada, más joven, pero como él extremadamente diestra en todos los menesteres de la vida errante y aventurera y aficionada en extremo a todo género de intrigas galantes— y su amante, C. J., a la que el comisario Casal Gómez no dudó en calificar de “diabólica dama”, pues además de amiga íntima del falso barón era también su aliada, cómplice, consejera y confidente en todas las maquinaciones y planes relacionados con el espionaje de altos vuelos. Los tres se instalaron en una torre alquilada en el núm. 25 de la Rambla del Prat, pero poco tiempo después el matrimonio ocupó también varias habitaciones lujosas en el hotel Maison Meublé, ubicado en la calle Santa Ana, con el fin de despistar y seducir a sus futuras víctimas. A las pocas semanas de permanecer en el hotel, la seudobaronesa se ausentó pretextando la realización de un viaje. Pero lo cierto es que, de acuerdo con su esposo, se fue a vivir a un magnífico y ostentoso piso de la calle Enrique Granados, núm. 85, en compañía de un individuo con el que había intimado un par de años antes en el Gran Casino de San Sebastián, y con el cual se puso —previo consentimiento del marido— en relaciones amorosas y mercantiles. El sujeto en cuestión, cuyo nombre y apellido respondían a las siglas A. P., era un auténtico rufián y perfecto sinvergüenza, encanallado y ramplón, que se había encumbrado desde el mostrador de un modesto puesto de carnicería en el Mercado de El Porvenir —conocido popularmente como Mercat del Ninot— hasta ejercer la actividad de proxeneta, gracias a sus excepcionales dotes físicas y a su absoluta carencia de escrúpulos. El astuto y taimado matrimonio de falsos barones encontró en este personaje un poderoso auxiliar para la consumación de algunas estafas, como la que le costó 60.000 pesetas de la época a una corredora de alhajas francesa, llamada Marguerite Bernardine. Además, el ex carnicero también servía de intermediario en los chantajes que el matrimonio ejercía sobre algunos extranjeros que con motivo de la guerra habían buscado refugio en la Barcelona neutral, para obligarles, bajo amenaza de ser expulsados de España, a la entrega de fuertes cantidades en efectivo.
El barón de König siguió dedicándose al espionaje en favor de los aliados, rindiendo cuentas al capitán Fevrier, jefe del Deuxième Bureau o Servicio Secreto Francés en Barcelona, pero en realidad era un agente doble, ya que también actuaba para Hortwig, conocido espía alemán, y quizá también para Wilhelm Canaris, quien siendo alférez de fragata ya llevó a cabo una misión secreta en España por orden del almirantazgo alemán durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, puede que, en vez de doble, fuera agente triple, ya que según el periodista Jacinto León-Ignacio también recibía dinero del cónsul británico por la copia de sus informes. De cualquier modo, al firmarse el armisticio que ponía fin a la Primera Guerra Mundial, en noviembre de 1918, el capitán Fevrier instó al aventurero para que permaneciera en la Ciudad Condal vigilando el desarrollo de los movimientos sociales, especialmente en Barcelona y su área de influencia inmediata.
Tras varias gestiones infructuosas, el apócrifo barón consiguió que un súbdito belga le presentara al ex comisario Manuel Brabo Portillo, quien había formado una milicia civil o banda de pistoleros —financiada por la Federación Patronal y el servicio de espionaje alemán— encargada de reprimir la acción de los sindicalistas y de cometer sabotajes en favor de los intereses alemanes. Con el fin de aparecer como un personaje influyente y respetable ante los ojos del ex policía, le dijo que estaba comisionado por el Gobierno francés para informar reservadamente acerca de la marcha de los conflictos sociales en España y especialmente en Cataluña. De inmediato se ganó la confianza de Brabo Portillo, quien le facilitó un bonito despacho que tenía alquilado en la casa-torre núm. 71 de la calle Vallirana, en el barrio de San Gervasio.
Durante un tiempo permaneció en la sombra, procurando no exhibirse demasiado en público en lugares comprometidos, pero tras el asesinato de Brabo Portillo, acaecido el 5 de septiembre de 1919, el falso barón el barón de König ofreció sus servicios a la Federación Patronal, comprometiéndose a acabar de una vez con el desorden social a condición de que le pagaran bien y le consiguieran protección policial. Un empresario de la construcción, Joan Miró i Trepat, secretario de la Federación Patronal Española, es quien lo introdujo y también uno de los que más lo apoyaron económicamente. En poco tiempo el barón de König se convirtió en dueño y señor de la Federación Patronal, haciéndose cargo de los hombres que habían actuado bajo las órdenes de Brabo Portillo —Antonio Soler (a) “El Mallorquín”, Luis Fernández García, Octavio Muñoz (a) “El Argentino”, Epifanio Casas, Bernat Armengol, Jerónimo Botanero, Juan Rodríguez, Paco “El Rubio”, “Espejito”, Eduard Ferrer—, reclutando nuevos miembros —Manuel Madrenas, Dionisio Martín, Conrado Gimeno, André Penon, Juan Fernández (a) “El Mico”, Ángel Fernández, Manuel Grau, Luis Alberic, Mariano Sans, Julio Laporta, Pere Torrens i Capdevila, San Vicente, Antonio Jilletes, Manuel Martín, Julio del Clot, Ernesto Queraltó (a) “El Pintor”, “El Calero”, “El Sabandija”, Jaime Ros, “El Xato de Sóller”— y organizándolos en tres grupos. El primero, integrado por individuos inteligentes, de buena presencia y bien vestidos, tenía encomendada la misión de recorrer la ciudad y enterarse minuciosamente en bares, casinos, casas de juego y demás centros de reunión de cuanto se decía y comentaba respecto a las cuestiones sociales, políticas y económicas. El segundo grupo lo formaban los que eran o tenían trazas de obrero, y a estos les ordenó afiliarse a los distintos sindicatos para ponerse en contacto con los elementos más caracterizados y levantiscos y averiguar discretamente los domicilios y antecedentes de los promotores de huelgas en los diferentes ramos de la industria. Por último, el tercer grupo estaba compuesto por los sujetos de aspecto más fiero y bravucón, auténticos matones dispuestos a todo, quienes valiéndose de pistola, arma blanca, bomba de mano o cualquier otro instrumento o sistema de intimidación ejercían de agentes provocadores en las puertas de las fábricas y talleres. La denominada Banda Negra, que llegó a contar hasta con 60 miembros —los cuales cobraban 15 pesetas diarias, más primas por los actos cometidos, ya que los atentados se pagaban a parte—, se dedicó a detener trabajadores conflictivos, apalearlos y ponerlos a disposición de la policía. A grandes rasgos, sus miembros hacían de confidentes y agentes provocadores, colocaban artefactos explosivos en calles y otros lugares públicos, actuaban como escoltas y guardaespaldas de determinados patronos, etc. A modo de cobertura, el barón inauguró unas oficinas en núm. 6, principal, de la Rambla de las Flores en las que colocó un rotulo autoproclamándose “Gran Detective Privado”. No obstante, no todos los patronos veían con buenos ojos la intromisión del advenedizo, considerándola denigrante y bochornosa.
El barón de König informaba habitualmente al capitán general, Joaquín Milans del Bosch, a través de Josep Bertrán i Musitu, abogado y jefe local del Somatén, con lo que se convirtió en claro competidor del general de brigada de la Guardia Civil Miguel Arlegui Bayonés, nombrado jefe superior de la Policía de Barcelona el 20 de diciembre de 1919. Éste, alertado acerca de los antecedentes del aventurero por un comisario recién trasladado a la plantilla de Barcelona, ordenó practicar dos días después de su nombramiento un registro en su oficina de la Rambla de las Flores y en el piso de La Pedrera o Casa Milà, en el núm. 80 del Paseo de Gracia, esquina con la calle Mallorca, donde solía reunirse el falso barón con su principal valedor, Miró i Trepat, y encontró pruebas suficientes para deportarlo, aunque prefirió mantenerlo a su servicio. A cambio de cierta protección, el barón se avino a entregar a Arlegui una copia de sus informes a través del inspector Luis de León.
No obstante, el aventurero forzó demasiado la situación y llegó a abusar de la protección que le dispensaban algunos elementos patronales, dirigiendo amenazas y simulando falsos atentados —incluso contra él mismo— para atraerse a los patronos que recelaban de su persona, para que fueran requeridos sus servicios y para que aumentara la cuantía de sus recompensas y retribuciones. Aunque nadie le conocía ni sabía de quién se trataba, varios periodistas y algunos sindicalistas comenzaron a intuir que había alguien, al margen de la policía, que dirigía el terrorismo de la patronal. Además, el 5 de enero de 1920 sufrió un atentado el presidente de la Federación Patronal Española, Félix Graupera, y el 20 de abril de 1920 se produjo un tiroteo contra Miró i Trepat, lo que hizo descender el prestigio del aventurero, cuya estrella en Barcelona comenzaba declinar. Tras un par de tiroteos en la plaza del Peso de la Paja, donde solían reunirse los pistoleros del barón, la Federación Patronal se desvinculó públicamente de la Banda Negra y el barón de König fue detenido y expulsado de España a finales de mayo de 1920 —por la frontera de Irún— con la excusa de no tener la documentación en regla.
De regreso a París en 1920 se vio envuelto en sonadas estafas y en el chantaje ejercido contra un rajá. El lo cubrió siempre, aunque también entregaba los secretos militares y delataba a los hombres del servicio francés de contraespionaje al almirante Canaris, jefe del servicio de espionaje alemán.
En 1926 se naturalizó francés, adoptando la personalidad del coronel Lemoine. Abrió un gran despacho en la rue de Lisbonne donde, a partir de 1933, comenzó a recibir a muchas personas que salían de Alemania huyendo del nazismo. Proporcionaba papeles falsos para unos y conseguía —mediante una simple llamada a la Prefectura de Policía— que se rechazara o anulara el permiso de residencia de otros. Muchos refugiados políticos alemanes encontraban su actividad muy turbia. A menudo Lemoine hacía regresar a sus visitantes a Alemania para misiones muy sospechosas. También hizo expulsar de Francia a refugiados ricos que le negaban dinero por sus servicios. Dos de ellos llegaron a denunciar que ya les había esquilmado 500.000 francos, pero el Ministerio del Interior intercedió alegando que los dos hombres en cuestión eran en realidad agentes alemanes, que intentaban con su denuncia calumniosa incordiar al mejor y al más digno de fe de todos los agentes franceses.
En 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, residía en el hotel Louvois, de París, cerca de la Biblioteca Nacional, famoso por haber hospedado diez años antes al escritor Stefan Zweig, y mucho antes a Alexandre Dumas.
Fue detenido en Berlín después del derrumbamiento alemán, en 1945, pero fue puesto en libertad por una orden misteriosa y murió de la misma forma misteriosa algunos días más tarde en Baden-Baden (Alemania) en un accidente de automóvil.
Bibliografía consultada
- CASAL GÓMEZ, Manuel: La “Banda Negra”. Origen y actuación de los pistoleros en Barcelona (1918-1921), Barcelona, Icaria, 1977.
- LEÓN-IGNACIO, Jacinto: Los años del pistolerismo. Ensayo para una guerra civil, Barcelona, Planeta, 1981.
- PLANES, Josep Maria: Els gànsters de Barcelona, Barcelona, Proa, 2002.
- VENTURA SUBIRATS, Jorge: “La verdadera personalidad del Barón de König”, Cuadernos de Historia Económica de Cataluña, vol. V, 1971.