En julio de 1921 el rotativo conservador valenciano Las Provincias, en connivencia con el Dr. José Sanchís Bergón, presidente del Colegio de Médicos de Valencia, desató una campaña contra el consumo de cocaína y morfina en cabarets y music-halls.
Esta campaña de prensa contra las drogas fue contestada por el periodista alicantino Carlos Esplá Rizo (1895-1971), quien publicó en la primera plana del diario republicano El Pueblo, los días 13 y 14 de julio de 1921, sendos artículos de carácter antiprohibicionista. El primero de ellos se titulaba «No es un peligro muy grande».
Parece ser que las autoridades valencianas se han enterado ya de que algunos jóvenes “bien” y ciertas señoritas de cabaret hacen gran consumo de cocaína y morfina, cosa que vienen haciendo desde hace unos ocho años, así no será de extrañar que dentro de otros ocho años la policía española se entere de que no ha detenido aún a Casanellas. Lo cierto es que el Colegio Médico ha denunciado seriamente el peligro que corre nuestra juventud alegre si no abandona esos horribles vicios. Yo creo que se ha exagerado algo acerca de este asunto y que la cocaína y la morfina han cometido tan solo la horrible falta de llegar a nuestro puerto con algún retraso. España importa los vicios de Francia y a Valencia llegan en el expreso de Barcelona. Por esto pudo darse el caso de que cuando en París nadie tomaba ya cocaína, empezó a tomarse en Barcelona, y cuando desertó este culto de la trágica capital catalana, hizo su aparición en Valencia. Esas drogas no vienen en buques fantásticos del misterioso Oriente —como opina el Inspector provincial de Sanidad—; saltaron del Ba-ta-clán parisino al Palace barcelonés, y, de éste, a los cabarets valencianos. Pasado algún tiempo llegó su olor al Palacio del Temple… Como se ve ha sido muy lenta la marcha de ese progreso envenenador, lo que demuestra que Valencia vive con un retraso, en este interesante aspecto social, de cerca de veinte años y que las modas llegan a nuestra ciudad con una lentitud incalificable. En una población donde los serenos cantan la hora y los hombres se bañan separados de las mujeres, la noticia de que algunos jóvenes trasnochadores y generosos de su propia vida y ciertas señoritas oxigenadas se consagran a ingerir drogas exóticas y envenenadoras, debe producir una terrible conmoción. Por eso los hombres que nos creemos igualmente alejados del bien y del mal debemos advertir que no existe un gran peligro para la sociedad y que se trata, al parecer, de un feroz complot contra la integridad del cabaret, que no se comprende sin cocaína, como no se comprende el templo sin incienso. Se intenta, pues, una formidable ofensiva contra la vida pecadora, amable y literaria de los alegres refugios nocturnos, que la moda, con criminal retraso, ha implantado ¡al fin! en nuestra ciudad. Se trata, sencillamente de una obra de moralización, contra la que debemos estar prevenidos. Si nuestros hombres de orden tuviesen un sentido práctico de la realidad, en vez de combatir el vicio de la cocaína, lo fomentarían hasta hacerla de uso general, con lo que se haría una obra social de innegable utilidad y se evitarían muchas huelgas. Sabido es que estos conflictos de carácter económico tienen por origen el hambre de los obreros. Y la cocaína es un “alimento de ahorro”. Todo el mundo sabe que los obreros argentinos que huían en busca de las salitreras de Chile, atravesando el desierto interminable, mascaban para creerse alimentados, durante la travesía, hojas de coca. Blasco Ibáñez habla de esto en El préstamo de la difunta. Nuestros hombres de orden debieron enterarse de esto y obligar a los obreros a tomar cocaína, con lo que no tendrían hambre ni necesidad de hacer huelgas. La cocaína podría, pues, ser un remedio eficaz contra el terrorismo y esa energía momentánea que hoy da a sus iniciados y que les permite estar tres días de juerga sin dormir, podría servir como excelente terapéutica social y vendría a sustituir a la Acción Ciudadana y a los Somatenes.
Pero, mientras tanto, respetemos a los heroicos consumidores actuales de esas drogas maléficas, pues no lo son por placer, que no lo sienten, sino por un noble espíritu de sacrificio, ya que mantienen en nuestra ciudad un ambiente de cosmopolitismo y de pecado incompatible con el afán que sentimos los valencianos de consumir grandes cantidades de horchata líquida. Por lo tanto, creo injusta su persecución, aunque, claro está, no me decido a solicitar para ellos una recompensa.