En julio de 1921 el rotativo conservador valenciano Las Provincias, en connivencia con el Dr. José Sanchís Bergón, presidente del Colegio de Médicos de Valencia, desató una campaña contra el consumo de cocaína y morfina en cabarets y music-halls.
Esta campaña de prensa contra las drogas fue contestada por el periodista alicantino Carlos Esplá Rizo (1895-1971), quien publicó en la primera plana del diario republicano El Pueblo, los días 13 y 14 de julio de 1921, sendos artículos de carácter antiprohibicionista. El segundo de ellos se titulaba «Otra dosis de cocaína».
Un gran amigo mío, formidable consumidor de cocaína, me censura que haya defendido públicamente su vicio. Esto no es cierto; yo no he defendido a los cocainómanos. Me he limitado a advertir la posibilidad de que la campaña que ahora se hace tuviera una finalidad moralizadora, contra la que convenía estar preparados. Vivimos unos momentos terriblemente moralizadores y hasta un escritor de talento y sentido liberal admirables ha llegado a proponer la previa censura literaria para matar la producción de novelas pornográficas y hemos corrido el peligro de vernos privados de la lectura de las Mil noches y una noche y del Cantar de los cantares. Mi pluma se movió, pues, contra un peligro moralizante y lo hizo tan ingenuamente como cuando defendió que las artistas saliesen al escenario sin “mallot”; por entender que el desnudo en el teatro habría de escandalizar a la tropa de orden y sotana, igual que el vicio en el cabaret. Por lo demás, la cocainomanía me parece una estupidez menos peligrosa que la afición taurina, ya que produce menos víctimas. Una prueba bien clara de mi aserto es que, desde que echaron la bendición a la nueva enfermería de la plaza de Toros, el doctor Serra ha tenido que intervenir en cuarenta y tres casos y certificar tres defunciones. Tal vez este alarmante tributo a la muerte obedezca más a la bendición de la enfermería que a la calidad inhumana de la fiesta, pero lo cierto es que en un plazo igual la cocaína no ha producido tan gran número de víctimas. Y esto debiera ser también, por los mismos motivos, objeto de estudio para el Colegio Médico. Mi aparente defensa de la cocainomanía estriba en que sus víctimas no son forzadas, y en esto he de reconocer que tampoco lo son las de los toros. Con no tomar cocaína —que en el argot de sus devotos tiene los nombres de “polvitos”, “cocó”, “margarita”, “truco” y “pienso”, siendo este último el más exacto en relación con los consumidores— o no ser torero, se ahuyenta todo el peligro posible, es decir, que se evita con más facilidad que el de una infección intestinal o el permanente y terrible de los cables aéreos y desnudos de los tranvías eléctricos. Este carácter espontáneo y voluntario de la víctima es, por lo menos, respetable; sobre todo cuando se sacrifica para dar a nuestra ciudad un aspecto de cosmopolitismo exótico y alucinante. Cuando llevamos al “cabaret” a un amigo de una ciudad a la que no ha llegado todavía la droga misteriosa, sentimos cierta superioridad diciéndole: “¿Ves aquella rubia escuálida y aquel joven ojeroso que parece que se huela la uña? Están tomando cocaína. Es un veneno terrible. Se están matando. Las grandes ciudades tienen misterios espantosos…” Nuestro amigo pasa unos momentos de angustia, como si hubiera visto a Sacha Goudine y a Mado Minti en la trágica danza del “Opium” y acaba por admirar nuestro heroísmo que nos hace convivir sonrientes con tan oscuros y torturantes peligros. Esta tenue satisfacción de un momento —mientras el “jazz-band” enloquece a nuestro amigo— nos la han proporcionado esos jóvenes valerosos a quienes la cocaína pone la boca amarga, la lengua de corcho, la nariz encarnada, los labios hinchados, una mirada de embobamiento en los ojos y una llamarada de locura en el cerebro, como a la deliciosa heroína de Duvernois, el dramático cantor de “Montmartre”. Claro está que este repugnante “paraíso artificial” no lo descubrimos a nuestro ingenuo amigo, que sigue admirándonos porque vivimos sin miedo en una ciudad donde hay cabarets, música infernal de “jazz-band”, tifus, viruela, cables eléctricos por los aires, artistas que bailan sin medias, mataderos de burros, tres mil autos, motos y camiones y jóvenes elegantes que se matan lentamente tomando cocaína.