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Textos antiprohibicionistas

Las bebidas

Foto de Antonio Salvat Navarro

Catedrático de Higiene y Bactereología

El Dr. Antonio Salvat Navarro, que fuera catedrático de Higiene y Bacteriología de las Universidades de Sevilla y Barcelona, publicó un reputado Tratado de higiene (1917) que resultó ser texto de lectura prácticamente obligada para varias generaciones de estudiantes de Medicina en España.

Del capítulo XXXI, último de Bromatología, de la 2ª ed., corregida y ampliada, de dicho tratado, publicada en 1925, hemos seleccionado un fragmento en el que el Dr. Salvat Navarro, con una prosa no exenta de calidad literaria, y frente a la “austeridad y fosca antipatía a los placeres”, defendía abiertamente los “deleites” de las bebidas alcohólicas, aun sabiendo que son “fáciles pendientes que descienden hasta la sima del vicio”.

Lo más chocante del caso es que el Dr. Salvat Navarro, quien reconocía la existencia en el ser humano de “imaginación, fantasía, pasión, aladas ninfas del espíritu, siempre dispuestas a quemarse las puntas de sus alas en las antorchas lúcidas de la belleza y del placer”, no admitiera ese riesgo en relación con las drogas consideradas eufóricas, ya que curiosamente fue miembro de la primera entidad privada orientada a combatir las drogodependencias en España, la Asociación contra la Toxicomanía, fundada en Barcelona a mediados de los años 20.

Las bebidas.— Habiendo tratado en lugar oportuno del agua como bebida, ahora nos referimos a todos los demás líquidos propiamente destinados para ser ingeridos mediante el acto que, según pleno concepto vulgar, constituye el beber. Si el doctor Forns, al tratar de los alimentos, hablaba de los apetitos de costumbre y de concupiscencia, mejor podría aún considerar a todas las bebidas como instrumentos de apetitos viciosos y de fingidas necesidades: efectivamente, el agua pura basta. Pero quien una vez haya paladeado un Jerez de buena solera, piensa (y quizá piense bien) que no hemos venido al mundo para vivir a cartabón y tiralíneas, bajo la austeridad de un régimen digno de seres inanimados, sino que, además de estómago y otras vísceras, a las cuales fisiológicamente poco importan los néctares, tenemos además imaginación, fantasía, pasión, aladas ninfas del espíritu, siempre dispuestas a quemarse las puntas de sus alas en las antorchas lúcidas de la belleza y del placer. ¿Que los deleites son las fáciles pendientes que descienden hasta la sima del vicio? Cierto. El hombre verdaderamente civilizado se debe distinguir justamente por la buena educación de su voluntad y por la íntima profesión de altos ideales, que le harán insumergible por siempre en la ciénaga de la vileza y de la indignidad: no es mejor el continente por austeridad y fosca antipatía a los placeres, que el discreto usufructuario, elegante y fino, de los dulces bienes de la tierra. Es preferible y de mayor utilidad social el hombre cultamente refinado, que el selvático anacoreta y el misántropo fetichista de la privación.

Antonio Salvat Navarro, en Tratado de higiene (2ª ed., corr. y ampl.), t. I, Barcelona, Manuel Marín editor, , p. 830.