El manifiesto de los intelectuales a favor de la legalización de la droga, publicado la semana pasada por esta revista, continúa cosechando adhesiones. No se trata ya sólo de Gabriel García Márquez, autor del texto, ni de Carlos Fuentes, Antonio Escohotado, Serrat, Bofill, Onaindía, Raimon o Savater, etc., sino que nuevos intelectuales y personalidades públicas se van sumando cada día. El debate televisivo de Jesús Hermida la semana pasada produjo un drástico cambio de opinión sobre el espinoso asunto.
El debate se plantea realmente entre quienes tienen miedo y no han reflexionado sobre el tema, y quienes han tenido coraje y tiempo para reflexionar sobre las causas y efectos de esta perniciosa plaga. Quienes tienen miedo y no han pensado sobre el asunto creen que mata la droga, y no la prohibición. Al contrario, los partidarios de la legalización están —estamos— convencidos de que lo que mata es la prohibición, y no la droga. Lo que mata es la porquería adulterada de ladrillo o matarratas que se meten nuestros jóvenes en las narices y las venas —a causa de la prohibición—, y no la droga en sí.
Quienes creemos en la necesidad de legalizar controladamente el consumo y venta en farmacias de la droga, estamos convencidos de que esta medida traería consigo de inmediato una drástica disminución del número de muertos o piltrafas humanas provocados por la droga adulterada. Aún habría algún muerto por sobredosis, pero sería una minúscula cifra en comparación con la situación actual.
Quienes creemos en la imperiosa necesidad de legalizar la venta de drogas en farmacias, lo hacemos convencidos de que ésa es la más eficaz manera de acabar con los muertos tristes de tantas esquinas urbanas.
Quienes creemos en la necesidad de legalizar las drogas lo hacemos también convencidos de que, al bajar radicalmente los precios, no sólo acabaría la adulteración asesina, sino que desaparecería radicalmente la pequeña delincuencia urbana de quienes roban, pinchan o amenazan para pegarse un «chute». Como también terminaría el martirio de las madres y las familias que acaban siendo las primeras víctimas de las amenazas y robos de los chicos enganchados a la droga. ¿A qué a usted no le ha asaltado nadie con navaja para pagarse una «litrona» de cerveza? Pues nadie le asaltaría para financiarse «chutes» al precio real de la droga —más impuestos—, y no al precio astronómico actual resultado de la prohibición.
Quienes creemos en la necesidad de legalizar las drogas, creemos también que así dejaría de existir esa «primera industria» de Occidente, que vive, prospera, corrompe y mata con los ingentes capitales acumulados en el tráfico clandestino de drogas. Colombia volvería a respirar al cortarle el suministro de miles de millones que alimenta hoy a un contrapoder fabuloso capaz de plantarle cara a un Estado moderno. Y aquí, en España o en los USA o en Italia, desaparecerían también los continuos crímenes y corrupción que pervierten a nuestros organismos aduaneros o de Policía.
Y, finalmente, quienes creemos urgente legalizar las drogas no creemos en esa fantasía de que quien fuma un porro, inhala cocaína una vez o se da un solo pinchazo de heroína, queda condenado para siempre a la destrucción y a la muerte. Lo que lo mata es la prohibición, no la droga.
¿Mata la droga? Sí, como el tabaco o el alcohol o la dieta excesiva. Todo exceso es malo. Pero lo idiota es prohibir fumar en los aviones —a Dios gracias esa idiotez no mata, sólo incordia gratis—, mientras condenamos a millones de jóvenes a consumir una droga adulterada, que es veneno puro en las venas. Como casi siempre, prohibir es malo.