Otra campaña de desinformación sobre el consumo de drogas. Desde que padezco abuso de razón he visto estrellarse contra la realidad, una tras otra, muchas campañas como ésta, unas más drásticas que otras, todas ilusoriamente pretenciosas, destinadas a inventar un presente en lugar de acatar el que tenemos, todas ambicionando corregir una realidad que acababa aplastándolas.
Esos lemas según los cuales la droga es lo contrario de la vida, no pasan de ser huera propaganda y como toda propaganda están más interesados en inyectar miedo que en contar la verdad. Y la verdad es demasiado simple como para dejarse pronunciar por las autoridades una vez que éstas, convertidas en institución religiosa, deciden desplazarla para acomodar en su lugar una invención.
La verdad es que la bondad o maldad de las drogas, como la de los libros, las de las películas, la de la televisión, sólo depende de su dosis y de su calidad. Se olvidan las autoridades que es posible leer novelas de caballería sin acabar como Don Quijote, se puede tomar drogas sin tener que acabar en un centro de desintoxicación. Lo que parece imposible es ejercer la autoridad sin resignarse al papel de párroco que nos señala cómo ha de vivirse una vida ejemplar. El infantilismo que tratan de imponer las autoridades es motivo suficiente para que desconfiemos de lo que nos digan, sobre todo porque a poco que uno se fije, gracias a que la droga sigue siendo un problema viven estupendamente cientos de depredadores (psiquiatras, políticos, publicistas, la triple P), gracias a que la droga es una enfermedad se hacen de oro cientos de especialistas, gracias a que la droga es un delito, la policía puede seguir disfrazándose de heroica.
Para hablar con propiedad, ni siquiera sería necesario que las drogas hoy castigadas se legalizasen: bastaría con despenalizarlas. Antonio Escohotado lo sentenciaba: «La cuerda que sirve al alpinista para escalar una cima sirve al suicida para ahorcarse y al marino para que sus velas recojan el viento». Decretar que las drogas son, porque sí, un peligro que hay que combatir, en vez de limitarse a informar sobre sus riesgos y sus beneficios, habla muy poco de la confianza de las autoridades en nuestro derecho a la propiedad privada. Se prefiere atribuir a una droga lo que se debe a unos usuarios determinados, dotando de vida propia a lo inanimado (las drogas) y despojando al elemento animado de su vitalidad.
Menos propaganda, más información. Esa es la fórmula. O en su defecto, una oportuna mala traducción del mensaje impuesto por la autoridad, como se ha hecho en el País Vasco, donde se ha traducido el institucional «A Tope sin drogas» por un elocuente «No hay descanso sin drogas».