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Textos antiprohibicionistas

La conspiración

Foto de Mariano Antolín Rato

Novelista y traductor

No es exclusivamente un fenómeno de reacción frente a las afirmaciones por parte de los poderes públicos de que existe una conspiración entre los que estamos a favor del consumo de cannabis: un asunto del que ya me he ocupado en esta página, y varias veces, creo. Pero lo cierto es que los activistas más lanzados e histéricos a favor de la legalización suelen plantear que existe una fuerza todopoderosa y maligna que explica el hecho de que todo el mundo no se haya convertido aún a su causa. Para ellos, detrás de la prohibición del cáñamo se encuentra una alianza entre las grandes empresas, la policía en sus distintas advocaciones, los que destruyen el medio ambiente, los carcas irredentos y los conservadores más cerriles. Y a veces citan que la prohibición de la marihuana tiene lugar cuando los fabricantes de fibras sintéticas hacen en la década de 1930 todo lo posible por eliminar el cultivo del cáñamo.

En un libro interesante y poco partidista, que contiene informaciones de penúltima hora tratadas y analizadas con un tono poco crispado —se titula La cultura del cannabis, su autor es el periodista inglés Patrick Matthews, y acaba de ser publicado por Alianza editorial, en traducción mía y notas y apéndices para la edición española de Juan Carlos Usó—, se plantea ese asunto de la conspiración. La actitud de Matthews es escéptica al respecto. Pero, aunque trate de que su asombro sólo se traduzca por el equivalente escrito de un enarcamiento de cejas de lo más británico, plantea varias cuestiones que contribuyen, sin duda, a que uno encuentre justificadas las paranoias. Para él hay algunos datos que fácilmente se pueden interpretar como señales de que la persecución organizada existe.

Entre los mencionados en el libro, está el terror que, después de la ley seca, dominó a los norteamericanos con respecto a lo que entonces por aquí se llamaba mandanga, un producto que también intoxicaba. Y así, cuando se criminalizó la marihuana, a partir de datos de la época, se sabe que ningún legislador tenía el más mínimo conocimiento de los efectos del producto, de su toxicidad o de su capacidad de adicción si se la comparaba con la cocaína o la heroína. Al parecer, el hecho de que fuera preferida por los trabajadores mexicanos inmigrantes y los negros —y de modo muy visible por los músicos negros de jazz— era suficiente para que se la condenase.

En una reunión de supuestos especialistas de la época sobre las drogas, el noventa por ciento reconoció que no tenían la menor idea del asunto que trataban. A pesar de ello, el instigador de la reunión, un agente del FBI que anteriormente persiguió a los que consumían alcohol, reafirmó oficialmente que “la marihuana es una droga peligrosa que produce en los que la consumen locura, criminalidad y muerte”.

Los abogados defensores norteamericanos —y por reflejo también los españoles— recurrieron como eximente, o al menos atenuante, incluso en los juicios por asesinato de las décadas de 1930 y 1940, a lo que se llamó “la locura producida por marihuana”. Hubo un caso especialmente llamativo —menciona Matthews en su libro— de un abogado que ni siquiera trató de demostrar que su defendido, que había matado a do policías, necesitara fumar marihuana para padecer un ataque. Bastó con que proporcionara pruebas de que en la habitación [donde habían transcurrido los hechos] había una bolsa con hierba que produjo tales “vibraciones homicidas” que hicieron que el acusado se pusiera a matar perros, gatos y finalmente a los dos policías. Lo más asombroso de todo fue que el jurado lo aceptó.

Basándose en casos como ése hemos llegado a la situación actual. Es lo que analiza La cultura del cannabis, que, entre otros muchos casos, plantea el de los motivos por los que el sistema judicial norteamericano hizo tremendos esfuerzos en contra del crack, y tan pocos para perseguir la cocaína en polvo. La conclusión provisional es que la primera la consumen los pobres, mientras que el perico constituye la droga favorita de los ejecutivos de Wall Street y Hollywood. Y es que en todo, incluida la prohibición, hay clases.

Mariano Antolín Rato, en Cáñamo (La revista de la cultura del cannabis), n.º 56, , p. 28.