La ex ministra británica Mo Mowlam aboga por legalizar el comercio de drogas para, además de resolver los problemas que de éste se derivan, conseguir aislar a los terroristas, que ven en los narcos una posible fuente de financiación.
Mientras Estados Unidos y Gran Bretaña continúan haciendo solemnes declaraciones en las que afirman que el mejor paso que se puede dar en estos momentos en la guerra contra el terrorismo es desbancar del poder al régimen de Sadam Husein en Irak, a mí me gustaría sugerir una forma diferente de entrar en acción, y bastante más provechosa.
El mayor problema que existe en relación con el terrorismo es que dicho fenómeno no ocupa ningún territorio en concreto ni dispone de activos claramente identificables que se puedan atacar y destruir. Son muchos los terroristas que viven en Estados Unidos y en Europa. Y los activos más importantes de que disponen son los fondos que mantienen ocultos en inversiones convencionales. Por tanto, el único medio que tenemos para la detección de dichos activos es el uso de la inteligencia.
Es verdad, ciertamente, que había algunas bases de Al Qaeda en Afganistán, pero el ataque convencional y masivo contra dicho país no ha logrado destruir el entramado terrorista. Muy por el contrario, las redes terroristas se han expandido aún más por todo el mundo y ahora es más difícil que antes poder infiltrarse en ellas. El ataque contra Irak, si es que llega a producirse, surtirá incluso unos efectos mucho menores que el que se llevó a cabo contra Afganistán en lo que se refiere a acabar con los terroristas antioccidentales.
Mientras tanto, las acciones militares contra otras naciones, ya sean estados delincuentes o regímenes fracasados, sólo puede tener consecuencias negativas, tal y como el propio Gobierno de los Estados Unidos ha reconocido. A este respecto, Rand Beers, del Departamento de Estado de los Estados Unidos, declaró el pasado marzo que «en el pasado, ciertos estados proporcionaban fondos a los terroristas… últimamente dichos estados se están viendo sometidos tanto a un creciente escrutinio como a una condena internacional mucho más severa, por lo que los grupos terroristas se están decantando, cada día más, por el tráfico de drogas como fuente de financiación de sus actividades».
Beers calificó entonces las relaciones existentes entre los traficantes de drogas y los terroristas como vínculos de carácter simbiótico, dado que ambos colectivos se organizan a menudo de una misma manera, utilizan idénticas formas de lavado de divisas para ocultar su dinero y emplean los mismos sistemas de protección y transporte. Sin que le cupiera la menor duda, Beers relacionaba a muchos grupos terroristas de todo el mundo con el tráfico de drogas. Tal es el caso de Sendero Luminoso en Perú, de las FARC en Colombia, de ETA en España y, también, de Al Qaeda.
Hasta el propio presiente Bush ha dejado muy claras las conexiones que existen entre ambos grupos: «es muy importante que los norteamericanos sepan que el tráfico de drogas está financiando el trabajo que lleva a cabo el terror, apoyando y sosteniendo a los terroristas».
A mí me gustaría sugerir aquí que, en lugar de dedicarse a bombardear civiles en diversos países musulmanes, Estados Unidos y Gran Bretaña deberían comenzar a darle un enfoque más inteligente al comercio internacional de drogas, es decir, a proceder a legalizarlo. Haciendo esto no sólo ayudaremos a resolver uno de los mayores problemas a los que se enfrenta el mundo hoy día, sino que también lograríamos aislar a los terroristas.
En un informe de la Comisión para el Desarrollo Humano de las Naciones Unidas de 1999, se estimaba que el tráfico internacional de drogas estaría moviendo cerca de 400.000 millones de dólares anuales, es decir, la misma cantidad que alcanza el PIB de un país del tamaño de España y que, al mismo tiempo, supondría un 8 %, más o menos, de todo el comercio mundial.
Todo lo anterior, no sólo tiene que ver con la existencia de una actividad criminal ampliamente extendida, sino que también nos indica que anualmente se está inyectando en la economía mundial una enorme cantidad de dinero corrupto. En consecuencia, en la economía legal se producen efectos tremendamente corrosivos al introducir en ella dinero procedente de actividades criminales, es decir, que las decisiones financieras a gran escala se toman o no de cara a un uso más eficiente de los fondos, sino para facilitar el lavado de dinero de una manera más eficaz.
Pero no se trata sólo de hablar de la corrupción. Los efectos de las drogas se están multiplicando en todo el mundo mientras que los traficantes pagan a mulas y a gente enganchada a la cocaína y a la heroína, consiguiendo que se expandan por todos los sitios tanto la adicción a estas drogas como el Virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).
Está claro que el enfoque que actualmente se le está dando al problema de la droga no funciona en absoluto, y si se fracasa en la lucha contra el tráfico de drogas, entonces sí que podemos estar seguros de que la guerra contra el terrorismo será un auténtico fiasco.
Desde mi experiencia como responsable de la política antidroga en el anterior gobierno británico, he llegado a la conclusión de que la legalización y la regularización del consumo de toda clase de drogas es la única vía de que disponemos para reducir lo perniciosos efectos de esta imparable actividad. Existen muchas y muy amplias razones que avalan esta conclusión. Una de ellas radica en la necesidad que existe de separar por completo el negocio de las drogas de las actividades criminales, y no sólo porque al hacerlo se aislaría al terrorismo internacional —impidiéndole el acceso a fuentes de financiación y a otro tipo de recursos, como lugares donde entrenarse o entidades donde blanquear el dinero— sino también porque supondría dar un paso adelante en la tarea de reducir la criminalidad en el sistema financiero mundial.
El tráfico de drogas y el terrorismo son dos actividades que están estrechamente vinculadas entre sí y en el futuro lo van a estar mucho más. Una legislación adecuada sobre drogas no sólo detendría, sin lugar a dudas, esta conexión sino que sería el comienzo de la solución a todos esos problemas que las drogas originan hoy día, sino que, además, lograría aislar al terrorismo.