El fallecimiento de dos jóvenes mayores de edad (atribuido a sendas sobredosis de MDMA o éxtasis) durante una fiesta techno multitudinaria, celebrada en un pabellón de deportes municipal de Málaga, a principios de marzo de 2002, ha provocado verdaderos ríos de tinta, cuyo cauce resulta una curiosa mezcla de crónica negra de sucesos, propaganda prohibicionista y pseudociencia. Sin embargo, este episodio también ha motivado algunas reflexiones críticas, como la de Joaquín Botella García, secretario del Ayuntamiento de Beniferri (Valencia).
Toda muerte es dolorosa, y la de un hijo, una marca indeleble. Como de costumbre, sólo cuando truena recordamos a Santa Bárbara. Ahora volvemos a abordar, con fuerza de temporal, el tema de la droga, que a diario sigue su curso adormecido. Los resultados de muerte son habituales, por ende no son la espoleta de esta bomba. ¿Quizá, más bien, el hecho de que la fiesta se haya celebrado en un pabellón municipal? Y se retoman las lanzas de la represión, que nunca hacen diana, para resolver “el problema”. Pretender erradicar el consumo de drogas es una utopía. En Un mundo feliz, de Aldous Huxley, ya se advierte que las utopías ya eran, entonces, posibles (mas no convenientes) gracias a la tecnología. Los continuos alijos capturados no son más que la punta del iceberg: el precio de la droga se sostiene completamente al margen de las actuaciones policiales; las caravanas de coches en los puntos de venta son visibles hasta para el amo del Lazarillo de Tormes. Una fórmula absolutamente eficaz, y fácil, sería arrasar los campos en los que se planta, segando, simultáneamente, el medio de vida de una considerable parte del tercer mundo. Otra posibilidad es la legalización, con la que se resolverían problemas de sanidad (sida, hepatitis…), del pequeño delincuente/consumidor (incluso de las grandes mafias, si se llevara a cabo internacionalmente). Pero, ¿qué sería de los intereses económicos, de los de verdad, que genera la situación de anti-juridicidad? ¿Y de los intereses políticos?, ¿qué partido abogaría por medidas de este tipo, hoy por hoy tan impopulares? Dejémonos de hipocresías, reconozcamos que un par de porros no hacen la playa, pero tampoco ahogan; y que la cocaína es la reina de cualquier fiesta que se precie; y que la marginación de la heroína es el refugio del yonqui, sin el que quedaría a la intemperie y, en gran parte, sin motivación; y que el alcohol y el tabaco originan más problemas al sistema sanitario y, en consecuencia, o directamente, al rendimiento laboral que el resto de drogas. Aprendamos a convivir con el mundo que nosotros mismos parimos. Creer que el consumo de drogas se puede erradicar, como diría Don Quijote a Sancho, “es pensar en lo excusado”.