Las consecuencias políticas y socioeconómicas derivadas de la neutralidad observada por el Estado español ante los dos grandes conflictos bélicos que asolaron Europa durante el s. XX han sido estudiadas y analizadas prácticamente en todas sus repercusiones. Por lo demás, y dejando aparte la pugna entre aliadófilos y germanófilos, lo cierto es que la inmensa mayoría de españoles que vivieron directamente ambas conflagraciones acogieron con indisimulado pero sordo beneplácito esa política de no beligerancia: unos porque todavía recordaban los desastres de la guerra librada contra EE. UU. a finales del s. XIX y sufrían una sangría permanente en Marruecos; otros porque tenían muy recientes las heridas abiertas por la guerra civil.
Sin embargo, hay un aspecto relacionado con la I Guerra Mundial (1914-18) que curiosamente ha pasado desapercibido a historiadores, sociólogos, economistas y demás científicos sociales o, al menos, no suele mencionarse en los tratados y manuales al uso. Me refiero al papel desempeñado por la denominada Gran Guerra como posible detonante del consumo de drogas en España al margen de usos terapéuticos convencionales, es decir, como un fenómeno de masas.
A principios del siglo XX, prácticamente todas las sustancias conceptuadas en la actualidad como drogas peligrosas e ilegales recibían la misma consideración que cualquier otro fármaco. Eran productos de venta libre, y su empleo estaba generalizado en todos los estratos sociales con fines terapéuticos convencionales, especialmente entre miembros del estamento terapéutico, familiares y clientes de confianza.
La legislación en materia de salud pública no se planteaba, ni de lejos, restringir su uso, sino únicamente perseguir los posibles fraudes y negligencias en su comercialización, así como delimitar las competencias entre los distintos colectivos de profesionales autorizados para su importación, producción, elaboración y venta, a saber: farmacéuticos, drogueros (dos gremios que, compartiendo intereses, coexistieron enfrentados en dura pugna hasta la II República) y, en menor medida, herbolarios. De hecho, el Código penal de 1870 —inmodificado hasta 1928— hablaba de “sustancias nocivas a la salud o productos químicos que puedan causar grandes estragos”, es decir, no distinguía el posible daño causado con drogas psicoactivas del causado con cualquier otro producto de uso corriente en droguería, farmacia e industria química (arsénico, lejía, sosa cáustica, etcétera), y el castigo previsto para un traficante de drogas era el mismo que para un vendedor sin licencia de cualquier otro artículo comercial.
Se daban casos puntuales de abuso (como por ejemplo, el del pintor y escritor catalán Santiago Rusiñol, quien en 1899 ya tuvo que someterse a un tratamiento de desmorfinización), especialmente en ambientes decadentes y bohemios, pero no comportaban ningún tipo de problemática social. Por tanto, el empleo de drogas prácticamente no despertaba la atención de los medios de comunicación de la época. Excepcionalmente, la prensa se refería al problema que representaba el opio, en países como Francia e Inglaterra, como algo exótico, importado de sus colonias de ultramar; pero la mayoría de las veces, las drogas tan sólo constituían un pretexto o motivo para la publicación de chistes, chanzas y demás comentarios satírico-burlescos. En consecuencia, no se detectaba ningún signo de alarma relacionado con el uso de drogas en el seno de la sociedad española del momento.
Al examinar la reacción contra el espíritu de laissez faire que tradicionalmente había inspirado no sólo la política farmacológica española, sino de toda la comunidad internacional, Antonio Escohotado descubre todo un complejo de factores, inicialmente independientes, que fueron convergiendo —hacia finales del s. XIX y principios del XX— como mecanismos de un solo engranaje. En este sentido, destaca tres causas genéricas que condicionaron la adopción de una política prohibicionista, cada vez más acusada, frente a un no menos creciente “problema de drogas” en la sociedad occidental: en primer lugar, el proceso de sustitución del “Estado mínimo” por el “Estado asistencial”; en segundo lugar, el desarrollo farmacológico propiciado por el descubrimiento de nuevos psicofármacos y, por último, una “nerviosidad básica” del ser humano contemporáneo. Asimismo, Escohotado señala, como causas específicas del citado fenómeno en EE. UU., las aspiraciones del estamento terapéutico, las presiones del movimiento prohibicionista y las tensiones sociales desarrolladas en torno a minorías raciales, inmigrantes y marginados1.
En España se produjo el mismo fenómeno, concurriendo prácticamente los mismos factores anteriormente esbozados. Sin embargo, entre las causas específicas que perfilaron el caso español, destaca sobremanera la influencia de la I Guerra Mundial en el incremento espectacular del consumo de drogas. De sobras es conocido el papel que desempeñó la Gran Guerra —al igual que había ocurrido antes con la Guerra de Secesión estadounidense de 1861-65 y la guerra franco-prusiana de 1870-71— en la propagación directa de la morfinomanía2, y no precisamente a causa de la defección moral que seguramente produjo entre los ciudadanos una carnicería de semejante magnitud. En este sentido, y pese a la neutralidad mantenida por el Estado español, cabe señalar que tomaron parte en la contienda en favor del bando aliado entre 7.000 y 12.000 voluntarios catalanes, a los que se agregaron algunos vascos y castellanos. La mayor parte de este contingente encontró la muerte en las batallas de Champagne, del Somme, Verdun y en la defensa de Soissons3; pero está por ver cuántos de ellos regresaron —heridos o convalecientes— habituados al principal alcaloide del opio. De hecho, a principios de los años 20, en un piso de la calle de Escudillers, de Barcelona, llegaría a establecerse un “club de morfinómanos”, uno de cuyos miembros era un ex voluntario de la I Guerra Mundial, que desempeñó cargos políticos de cierta relevancia y llegó a protagonizar un sonado intento de suicidio en momentos de desesperación, ante la imposibilidad de conseguir morfina, cuando la policía encerró al médico que presidía y abastecía a los adictos de tan peculiar cenáculo4.
Pero en el caso español, la influencia ejercida por la I Guerra Mundial no fue tan directa como indirecta, y siempre vinculada al espionaje y a la prostitución, dos actividades propiciadas precisamente por la mencionada política de neutralidad. Efectivamente, al estallar el conflicto, la Ciudad Condal, que reunía el puerto y la industria más floreciente del Estado y, además, quedaba relativamente al margen de los servicios centrales de información y vigilancia, se vio inundada por una verdadera avalancha de espías y saboteadores al servicio de los bandos contendientes. Pero, además de los extranjeros que acudieron por razones de patriotismo militante, también recalaron en Barcelona, huyendo de las matanzas de los frentes, toda suerte de desertores, prostitutas, proxenetas, hampones, malhechores y aventureros en general, muchos de los cuales ya venían iniciados en el consumo de drogas desde sus países de procedencia5.
El tipógrafo y dirigente obrero Adolfo Bueso tenía veinticinco años cuando se desataron las hostilidades. Gracias a los vívidos recuerdos de quien fuera redactor durante años del periódico Solidaridad Obrera y participara activamente en la huelga general de 1917 podemos hacernos una idea bastante aproximada de la situación en aquellos momentos:
»la guerra, lejos de representar miseria para la industria catalana, fue el período de las vacas gordas. El dinero entraba a raudales y la fiebre de adquirirlo abarcó a una gran parte de la población. Ningún sector de la vida cotidiana se vio libre de tener en su seno a logreros y especuladores. Unos en la industria, otros en el comercio, muchos en la prensa y los libros, y un buen número en los servicios de espionaje.
Al socaire de la neutralidad, florecieron por todas partes las flores del mal. Infinidad de aventureros de todo el mundo se instalaron en Cataluña (como ocurrió durante y después de la segunda guerra mundial), a sueldo de las embajadas. Pero, en honor a la verdad, hay que decir que también los hijos del país participaron en el maldito trabajo.
Toda la costa catalana, desde Vinaroz hasta Portbou, vio aparecer una serie de tipos sin trabajo aparente, que vivían bien, se hospedaban en hoteles y se paseaban a diario por las playas. Todos ellos tenían magníficas relaciones con los carabineros y con las autoridades, y éstas, aparentemente, no se preocupaban por saber qué hacían aquellos señores que vestían tan bien y tanto gastaban.
Se trataba, lisa y llanamente, de los espías alemanes y aliados (mejor dicho, al servicio de unos y de otros) que hacían cuanto podían por sorprender submarinos alemanes que era del dominio público que recibían todos sus suministros en las costas españolas, y los otros por saber cuántos y cuáles eran los barcos que cargaban y trasladaban a Francia sus aprovisionamientos. Todo este trabajo se efectuaba calladamente, casi elegantemente. No había nada de eso que describen las novelas de aventuras y espionaje. Si había consecuencias dramáticas debidas a los informes que pudieran adquirir y facilitar los espías, tenían lugar mar adentro y no perturbaban en lo más mínimo la tranquilidad de las playas. Todo lo más, alguna vez, una tormenta hacía llegar a la arena restos de algún naufragio, que, tras ser rigurosamente examinados por los espías, eran aprovechados por los pescadores. Las autoridades marítimas y terrestres ignoraban siempre estos casos. Había que ser neutrales en todo…
El material que usaban los agentes de los bandos contendientes era bien sencillo. Se trataba de disponer de un teléfono seguro y de unos prismáticos de buena calidad.
En el puerto de Barcelona nadie se podía fiar de nadie. Se decía entonces que no quedaba un hombre portuario que no estuviese comprado, y de varios se afirmaba que hacían el doble juego. La actividad en los muelles era intensísima. Jamás se había visto tanto movimiento. Llegaban y salían barcos continuamente y de todas las matrículas del mundo, cargando y descargando las más variadas mercancías, aunque, a decir verdad, la inmensa mayoría del flete eran fardos muy bien hechos o cajas muy bien construidas, que impedían saber, a simple vista, lo que en realidad contenían.
[…]
Los cafés, restaurantes, bares y tabernas de la Barceloneta, la plaza de Palacio y el paseo de la Aduana, estaban continuamente llenos de parroquianos, día y noche, y gastando sin contar. Un buen observador podía ver que, además de la gente de mar, había siempre por allí muchos tipos extraños, cuyas actividades nadie conocía6.
Apenas cinco años más joven que Adolfo Bueso, aunque de distinta extracción y condición social, Josep Maria de Sagarra —descendiente de una antigua familia de la aristocracia catalana— coincide y completa con profusión de detalles los recuerdos del líder cenetista. En 1914, Sagarra finalizaba sus estudios universitarios y veía publicado su primer libro de poemas, iniciando, de este modo, una brillante trayectoria que lo llevaría a ser considerado uno de los hombres de letras más completos y prolíficos de su tiempo. Y así como el dirigente de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) únicamente insinuaba el asunto, este otro testigo de excepción confirma en sus memorias la presencia en Barcelona de los “científicos de la droga” con motivo del estallido de la I Guerra Mundial:
»Barcelona estaba adquiriendo unos aires de depravación enjoyada, a expensas de las tragedias que pasaban en el mundo. Ya he dicho que aquí el Edén Concert era lo mejor que podía presentarse en el carácter del viejo music-hall. Pero el cabaret, tal como funcionaba en Europa, con la pista central para que bailasen los clientes, alternándolo con atracciones picantes y escogidas, no se conocía todavía en Barcelona. Fue entonces cuando comenzó esa clase de diversión; el primero que rompió el fuego fue el Excelsior, después Maxim’s y otros. Los antiguos music-halls se modernizaron. El bar más o menos americano se estableció por todas partes y se inauguró la combinación alcohólica, denominada cóctel, que quiere decir cola de gallo, y no puede negarse que es un nombre bonito. Junto con esta bebida, entraron en nuestro país todas las mejores marcas de whisky y comenzamos a beberlo como habíamos bebido sinalco, didón y otros líquidos más inocentes. De los vinos generosos de Andalucía, también se incrementó el consumo de una manera abusiva, y como la cosa más natural del mundo, en cualquiera de los nuevos cabarets se destapaban en una noche centenares de botellas de champán francés, especialmente de las dos marcas de más prestigio: Pomery y de la viuda Cliquot. Una botella legítima de estas marcas no valía más de treinta pesetas.
Todo eso trajo como consecuencia, entre las clases más solventes del país, la costumbre de emborracharse porque sí y sin motivo que lo justificara.
Antes en Barcelona se emborrachaban poquísimas personas de esas que son como Dios manda, pero los beneficios extraordinarios de la guerra crearon esta estúpida necesidad, sin la cual un chico o un padre de familia se consideraban defraudados ante sí mismos. Cualquier hortera, cualquier muchacho modestísimo que había intervenido en una operación comercial más o menos lícita de las que se presentaban entonces y le había correspondido una comisión respetable, se creía obligado a invitar a los amigos y acababan todos con su cogorza. […] Las nuevas bebidas y los nuevos refinamientos del bar trajeron aquí a técnicos que la guerra había dejado sin clientes en países más adelantados que el nuestro. El primer barman científico y total que ejerció en Barcelona su oficio fue el famoso Irven de Mónico, llamado familiarmente Jack. Este hombre «debutó» tras el mostrador del Excelsior a finales de 1915. […] En el Excelsior pasó un par de años; después actuó como chef en el Grill Room de la calle de Escudillers; allá pilló la época del pistolerismo y las bacanales mórbidas. Aquella casa, magnífica en todos los conceptos, tanto por la buena cocina como por el material humano que concentraba, vivía su momento explosivo de tres a seis de la mañana. A veces las escenas superaban todo lo previsto. En el interior tomaba la sopa de queso el espeso capitalismo, acompañado de la prostitución de altura, pero en el bar, y en el lugar más cercano a la calle, era posible toda clase de clientela; desde el asesino que, llevando en el bolsillo una pistola que echaba todavía humo, se refrescaba allí los labios, hasta el chulo que en la calle de Carabassa tenía a dos narbonesas hechas y rehechas que le defendían el jornal, o el triste corrector de pruebas que salía de la imprenta de El Diluvio, o el poeta transparente de hambre dedicado a las ciencias ocultas. Era un mundo que quien no lo ha conocido no puede imaginarlo. Yo había llevado allí a algunos amigos míos que saltaban el Pirineo atraídos por una Barcelona negra —como el novelista Francis Carco— para que se hicieran cargo del espectáculo del Grill Room, y aunque hubiesen visto muchas cosas, no dejaban de quedarse un poco sorprendidos. Aquel mundo lo dominaba Jack como un encantador de serpientes, sin más flauta que su ojo clínico y sin que ni las borracheras, ni los cristales rotos, y hasta una bala inexperta, produjesen la más pequeña alteración en su impecable esmoquin. […]
Entre los técnicos de la depravación que llegaron por los alrededores de 1915, no todos eran del valor moral de Jack. Vinieron los científicos de la droga y sobre todo las múltiples manifestaciones del proxenetismo. En los bares germánicos de las Ramblas comían grandes raciones de pie de cerdo con remolacha unos tipos adiposos, exhibicionistas de brillantes y cicatrices equívocas, más que de mediana edad, muy correctos y amables ante el desconocido, que con los ojos blandos y turbios del bribón insensible y con unos agujereados dientes de bacalao contemplaban los mosquitos en el aire. Este personal era hez de la más fina; escupidos del Pireo, de Alejandría y de Marsella, habían escogido la Rambla como campo de operaciones, y ahí no se privaban de nada. La policía vivía al corriente de muchas cosas. Pero la neutralidad era una ubre pródiga, y el comercio, si puede llamarse comercio, había caído en un chapoteo tan complicado de materia putrefacta, que lo más prudente era hacer la vista gorda.
Aumentó fabulosamente en número, elegancia, arabesco y ferocidad, el contingente inmigratorio de las profesionales de la galantería. En los restaurantes de moda, y sobre todo en los locales nocturnos, hicieron su aparición las alemanas, las escandinavas, las austríacas, las húngaras, las rumanas, las búlgaras, las croatas, las rusas blancas y negras y sobre todo las francesas de todos los departamentos, las italianas y las inglesas; de éstas pocas por cuenta propia y la mayoría formando parte de números artísticos y espectáculos determinados. La internacional femenina luciendo toda clase de pieles, desde el gato y sencillo cordero hasta el castor, la nutria, el astracán, la marta cebellina, el visón, la chinchilla y el armiño, con las variantes y trampas que añadía la industria, produjo el mayor desquiciamiento de las articulaciones morales que conoce la historia de la burguesía de este país. Aquello que solamente se lo permitían una cincuentena de hombres, se lo atribuyó el anonimato. ¡La tentación estaba tan extendida, el procedimiento era tan fácil y el negocio llenaba los bolsillos de una forma tan sencilla y tan inesperada! ¡El trabajo que tuvo la gente poniendo pisos y comprando gramolas y armarios de luna!
Esta gran prostitución descarnada y cínica, o disimulada con sonatas de Beethoven y tazas de té, tenía útiles vínculos con el espionaje y contraespionaje de ambos bandos beligerantes, y muchas veces sirvió de pieza decisiva en la misteriosa maquinaria de los negocios.
Con ellas llegaron ellos, y algunos recortándose el bigote gris de la corrección más engominada. Fue el momento de los Alcibíades, los Leónidas, los Agamenón y otros griegos fastuosos; de esos que comenzaron situándose a las puertas de los Bancos y acababan con los dedos en la caja, como lo demostró la quiebra y defunción del Banco de Barcelona, la más sólida y de mayor confianza de todas las instituciones bancarias del país.
Yo y los muchachos de mis principios y mis sentimientos contemplábamos la gran feria de la descomposición sin comprender exactamente la trama e ignorando en absoluto adónde iría a parar aquel desbarajuste. El espectáculo era brillantísimo, y nuestro paladar moral se acostumbraba de una manera insensible a la morbosidad de nuestros pastos.
Pero no hay duda de que aquello era brillante y mágico. ¡Y vivíamos solamente el principio! No tardaría en producirse una corrupción más agria. Llegaría la cazuela plateada de los treinta y seis números y la bolita del diablo y se implantaría en todas partes, en todos los casinos y en todos los lugares de diversión públicos y privados; y finalmente, en cada esquina, la ruleta sin entrañas estaría a disposición de todo el mundo; de criaturas de doce y trece años, que robaban dos pesetas del armario de casa e iban a probar fortuna.
Aquella primavera de 1916 vimos esto y muchas cosas más que requerirían un volumen de más páginas que el que estoy escribiendo. Si los golfos nacionales e internacionales vestían desde el frac impecable a la camiseta rayada de los melodramas y ocupaban desde los locales de terciopelo al cementerio de los gatos y las guitarras sin cuerdas, puede decirse que el lugar clásico para probar la temperatura del momento era el famoso Excelsior. Allí vi, reincidiendo en una misma mesa, al torero Rafael Gómez, llamado el Gallo, al ex campeón mundial de todos los pesos, Jack Johnson, y al ex sultán de Marruecos Muley Hafid. Estos tres personajes quizá tuvieron un poco más de carácter y un poco más de prestigio que muchos otros, fabulosamente espectaculares, que se reunían allí. Quiero decir que no llamaban excesivamente la atención, y los cito porque los tres han pasado a la historia. […]
En aquellos días dorados del Excelsior, si las industrias conocieron las horas extraordinarias para fabricar a todo gas y de la peor manera unos productos que encontraban comprador rápido y al precio que fuera, donde se acentuaron escandalosamente los beneficios que proporcionaba la guerra fue en el ramo de transportes, y muy especialmente en el transporte marítimo. Aquí el que tenía un leño más o menos podrido, más o menos navegable, para cargarlo de alpargatas o de tripas de cordero y jugárselo a cara o cruz con los submarinos alemanes, con sólo que le favoreciera un poco la suerte, se hacía millonario en un par de meses. Por este motivo algunos navieros que antes de la guerra no podían hacer otra cosa que bostezar, se situaron inmediatamente con sus decrépitas embarcaciones en la primera fila de los poderosos. Había señores de estos que en un solo viaje se hinchaban materialmente de dinero, y esto repercutía en las reservas de champán de los locales nocturnos y era causa de que más de una noche, de la misma manera que un ex campeón de boxeo y un ex sultán fueron vistos por mí entregados en la contemplación del cogote de una sirena del Mar Negro, se presentó también a mi consideración un caballero conocido y, dirigiéndose al encargado del Excelsior, le ordenó que sirviera un par de botellas de Pomery a cada una de las mesas del local y que le presentaran la cuenta. Uno de los caballeros que solía pagar esta clase de rondas vive todavía, y no tengo por qué decir su nombre. Lo único que puedo señalar es que los millones se le volaron después como si hubiesen sido una bandada de esas golondrinas que no vuelven. Porque lo más curioso que se observó en la conducta de algunos poderosos de aquellos días fue que, si trabajaban para los aliados y procuraban no figurar en las listas negras de los aliados, compraban moneda alemana y valores alemanes, dándoselas de listos y pensando que los imperios centrales ganarían la guerra7.
Ciertamente, durante la I Guerra Mundial, el uso y venta de drogas —especialmente de cocaína— experimentaron un incremento espectacular en Barcelona. Durante los meses de septiembre y octubre de 1917 el periodista Albino Juste García instigó, desde las páginas del diario republicano El Diluvio, una campaña de prensa —la primera de estas características en España— contra “los envenenadores públicos”, denunciando “la impunidad” con que en Barcelona se vendían el opio, la morfina, la cocaína y demás drogas, “hasta a los niños”8. Se decía que había unos seis mil quinientos cocainómanos (entre los que se contaban banqueros, militares, periodistas, funcionarios, socios del Liceo, capitanes de barco, señoritas de la aristocracia, clérigos y hasta dos concejales y un diputado provincial) únicamente en la capital catalana, cuya población rondaba entonces los 700.000 habitantes9, lo cual, de ser cierto, determinaría unos índices de consumo incluso sensiblemente superiores a los actuales. Según el periódico El Diluvio, la responsable de semejante situación era esa especie de internacional femenina de la galantería que había recalado en la Ciudad Condal con motivo de la guerra:
»El número de cocainómanos en Barcelona ha aumentado considerablemente desde que estalló la guerra europea, debido a que Barcelona sirve de refugio a todas las “cocottas” que, huyendo de la gran tragedia, atravesaron la frontera10.
Se descubrió que la principal fuente de abastecimiento de cocaína y otras sustancias psicoactivas eran algunas farmacias, y las autoridades gubernativas españolas, que con la firma del Convenio Internacional de La Haya sobre Restricción en el empleo y tráfico de opio, morfina, cocaína y sus sales (1912) ya se habían comprometido a examinar la posibilidad de dictar leyes en este sentido, antes de que los países beligerantes firmaran el armisticio, adoptaron medidas restrictivas para frenar este “abuso, cada vez más generalizado”, así como la “facilidad de su adquisición”. Como primera providencia se dictó una Real Orden circular con el fin de atajar el tráfico ilícito de drogas y el “mal uso de ellas”, no sólo en “boticas y droguerías”, sino también en otros establecimientos públicos: “cafés”, “bars”, “casinos”, “casas de lenocinio” y “demás sitios de reunión” y “centros de recreo”11. Unos meses después se promulgó un Real Decreto por el que se aprobaba el “Reglamento para el comercio y dispensación de substancias tóxicas y en especial de las que ejercen acción narcótica, antitérmica o anestésica”12, que contemplaba multas para la venta y posesión de drogas sin receta. Por tanto, así como antes el límite entre uso y abuso se dilucidaba en el ámbito de la privacidad del individuo, esto es, en el terreno de la ética y la estética personal, a partir de este momento fue la receta médica, elevada a la categoría de autorización legal, la que establecería —con independencia de la dosis ingerida— la frontera entre ambos conceptos. Es decir, cualquiera podía emplear, por una sola vez, alguna droga sometida a control o restricción, en dosis mínima o moderada y sin efectos secundarios indeseables, e incurrir en “abuso”; no obstante, otra persona podía atiborrarse con la misma sustancia de forma crónica, e incluso fallecer por sobredosis, y tratarse de “uso”.
A pesar de estas primeras medidas gubernativas, el escritor Josep Pla, que en 1919 contaba veintidós años de edad, dejaba consignado en su diario personal —entre las impresiones que le había producido la ciudad de Barcelona el domingo 25 de mayo de dicho año— el siguiente testimonio:
»Después de cenar me paseo por la Rambla lentamente, con las manos en los bolsillos, un cigarrillo en la boca, la nariz levantada. Mucha abundancia de señoras del Mediodía de Francia, imponentes, esculturales, con una tendencia al matriarcado —para mi gusto— excesiva. Hace el efecto de que todo el mundo sabe hablar francés. ¡Todo trampa, gracias a Dios! Si no fuese trampa, valdría más huir campo a traviesa. La Rambla está imponente de luces, de tráfico, de gente y de dinero. Os ofrecen cocaína en casi todos los establecimientos. Muchos extranjeros13.
Extranjeros como Rudolf Stallman (o Stallen), un aventurero de origen alemán, relacionado con el hampa de diferentes países europeos, que —tras ser expulsado de varios lugares— recaló en Barcelona en 1915, presentándose como barón de König, de nacionalidad austríaca. Inmediatamente pasó a desempeñar actividades relacionadas con el juego, la estafa y el proxenetismo y, tras instalarse en una pensión en el célebre edificio de la Pedrera, se unió a una banda de pistoleros —organizada por el comisario de policía Manuel Brabo Portillo— al servicio de la Patronal. En 1918 colocaba bombas por cuenta del servicio de espionaje alemán en fábricas que trabajaban para los aliados, aunque, en realidad, hacía doble juego. De hecho, nada más finalizar la I Guerra Mundial, el capitán Fevrier, jefe del Deuxième Bureau en Barcelona, requirió sus servicios para que permaneciera en la ciudad y vigilara los movimientos sociales. Tras el asesinato del comisario Brabo Portillo, perpetrado el 5 de septiembre de 1919, el barón de König se haría cargo de su banda, que seguiría actuando en favor de la Patronal y con la cual intentaría extorsionar a algunos empresarios, lo que determinaría que a finales de mayo de 1920 fuera deportado por las autoridades españolas14.
Cuesta creer que un personaje con semejante biografía no estuviera implicado en el tráfico de cocaína desde Alemania, principal productor del alcaloide en aquellos momentos, ya que la fabricación y venta de grandes partidas de la marca Boehringen y Merck —que muy pronto sería conocida por sus adeptos como “la insuperable”15— por parte de la industria químico-farmacéutica alemana suponía una buena fuente de ingresos para sufragar parte de los gastos generados por la guerra.
En Madrid, en cambio, la situación no era exactamente la misma que se vivía en Barcelona. Antes de abandonar los estudios que había iniciado en 1916 en el Instituto Diplomático y Consular, para dedicarse de lleno a su carrera literaria, Josep Maria de Sagarra dejó constancia de las siguientes impresiones personales acerca de la mala vida en la capital del Estado:
»En mis primeros días de Madrid noté inmediatamente la gran diferencia de proyección con que la guerra europea marcaba a la capital de España y a nuestra ciudad de Barcelona.
Así como en aquellos dos años Barcelona liquidaba su siglo XIX con una oleada de brillantez crepitante de explosiva vitalidad nocturna, de industrialismo alocado, de internacional maremágnum de negocios, piraterías, espionajes, arriesgadas aventuras de juego y sobre todo con un esfuerzo muscular exagerado, y con una hinchazón de energías para multiplicar el humo de las fábricas y las posibilidades de la dentadura del comercio, a fin de echarle el diente a un espeluznante volumen monetario, Madrid, aparentemente, se pasaba las noches medio a oscuras, y la vida de la calle y el aspecto de la ciudad no se habían decidido aún a romper el hielo y continuaba viviendo en el más orgulloso, más holgazán y más irreductible siglo XIX.
[…]
Madrid, al lado de la exuberancia barcelonesa en el ramo de la frivolidad, resultaba más que pobre. Allí estas cosas funcionaban de una manera rupestre; los dos únicos lugares de escándalo eran un local de la calle de la Aduana, llamado Edén Concert, piojoso como el último barracón de nuestro Paralelo, y otra covacha donde toda la bestialidad era posible, y donde el público se quedaba como dentro de una jaula y como atado con cadenas para que no saltase al escenario. Aquello lo llamaban Chantecler, y estaba situado en la plaza del Carmen. […]
La pobreza de manifestaciones artístico-sensuales me extrañó en una población como Madrid, afectada por zonas positivamente impúdicas. Además, advertía y observaba entre mis amigos y compañeros que en Madrid se daba más importancia a la cuestión sexual que en Barcelona y que la sequedad y altura de la meseta central mantenía, más que en nuestros climas húmedos y mediterráneos, una preocupación fisiológica. Esta preocupación la veía traducida, sin ninguna clase de cumplidos, en un vocabulario desnudo y salvaje, pero a medida que iba adelantando en el trato de la juventud madrileña, me asaltó la duda de que su imaginación al servicio de la obscenidad y la escatología no fuese una simple filigrana del buen humor y que en el fondo no tuviera nada de trágico.
De todas maneras, en las expansiones de la vida proterva, veía hechos de una tristeza incontestable muy difíciles de justificar. En Barcelona hemos vivido momentos en los cuales la lubricidad cancerosa se ha soltado el pelo, pero actuando siempre en barrios determinados y zonas que de tan contaminadas han obtenido categoría internacional; pero me extrañó mucho que en el Madrid de mis primeros tiempos, en el lugar más excelso de la capital, y uno de los centros urbanos más finos y elegantes de Europa —me refiero al espacio que va de la Cibeles a Neptuno, flanqueado por el Banco de España, el palacio del marqués de Esquilache, y limitado por el museo del Prado, el Ritz y el Palace— a partir de las diez de la noche, hasta la salida del sol, se produjeran cotidianamente cierta clase de espectáculos de tan lamentable animalidad que la más simple corrección se niega a admitir la referencia16.
No obstante, y a pesar del retraso observado, Madrid no tardaría en sumarse a la moda de la cocaína. Al menos, esto se deduce de las memorias del periodista César González-Ruano, cuya información, a pesar de su precocidad —al finalizar la guerra tenía tan sólo quince años—, también resulta un valioso testimonio de primera mano:
»Entonces empecé a fumar, cosa que aún no he dejado. Debía correr el año 1919. Como los cigarrillos orientales —de los que se aseguraba que tenían opio— eran caros, yo compraba cada día una cajita de unos llamados «Pera», que sólo tenía cinco. Cuando podía compraba Murattis o Kedives.
Por aquel tiempo, aunque los sábados por la noche hacía el literato en la citada tertulia, [en el café de Platerías, en la calle Mayor,] frecuentaba también lo que a mí me parecía un mundo peligroso y elegante. Acababan de abrir en la calle de Alcalá, junto al Hotel Regina, esto es, entre Fornos y el Casino de Madrid, Maxim’s, el primer bar americano que tuvo Madrid. La puerta la guardaba un negro gigante vestido con una librea aparatosa y que vendía cocaína en unos frasquitos de cristal marrón que contenían un gramo y era de la casa Merck. A la entrada de Maxim’s estaba el bar americano y el guardarropa. Al fondo, el the-danzant con una orquesta moderna, y arriba, en el primer piso, al que se subía desde el bar, la sala de juego con ruleta, la primera que vi en mi vida.
Tenía amigos extraliterarios: dos muy elegantes y muy golfos, Luis Ballesteros y Eloy González […] Ballesteros y González tomaban cocaína y hacían de «macarras» de postín por verdadera vocación, porque eran de buenas familias.
[…]
Era el momento de mayor auge de las cocottes francesas venidas a España con la guerra. Aquí les fue bien. Eran mucho más finas y más mundanas que las nacionales y mucho menos bestias. La prueba fue lo de la cocaína. La cocaína se trajo a España por las francesas y ellas la empleaban como un arma más de combate para emborrachar al buen cliente. Las españolas fueron tan burras que empezaron a tomar cocaína ellas, lo que era una estupidez y una ruina de su negocio17.
Por lo visto, la nociva influencia de las prostitutas que llegaron en masa no se circunscribió únicamente al período en que duraron las hostilidades, sino que perduró. Del mismo modo, esta influencia no se limitó a la difusión de la cocaína, sino que también se hizo notar en la expansión de los opiáceos. Así, a comienzos de los años 20, el psiquiatra madrileño César Juarros Ortega, pionero en el tratamiento de las toxicomanías en España, esbozó una clasificación de los morfinómanos en función de su experiencia clínica y, al hablar de los que consideraba adictos “por imitación”, realizaba la siguiente observación:
»Es interesante señalar la nefasta influencia ejercida por las prostitutas elegantes que, contagiadas por alguno de sus amantes, van contaminando luego a otros, seduciéndoles con el raro atractivo de mezclar la voluptuosidad sexual con la emanada del uso del veneno18.
Hacia la misma época, el escritor José Mas Laglera se valía de uno de los personajes de su novela Los sueños de un morfinómano —el doctor Rosales, director de un sanatorio para el tratamiento de toxicómanos, supuestamente establecido en las afueras de Madrid—, inspirado en el propio doctor Juarros, para expresarse en los siguientes términos:
»El abuso de la morfina aquí en España data de pocos años […] Esa lacra, esa droga infernal que ha matado en flor tantas esperanzas y tantos entusiasmos, se va extendiendo de tal forma que hoy empiezan ya a intoxicarse hasta las mujeres. Y todo por ese afán inexplicable y absurdo de querer parecerse a las damas extranjeras19.
Lo curioso del caso es que aquello que a ojos de José Mas no sólo tenía cierta disculpa, sino que incluso podía convenir a las mujeres extranjeras, resultaba inadmisible para las representantes autóctonas del sexo femenino. Algo que sólo puede entenderse como un exceso de patriotismo mal entendido por parte del novelista sevillano:
»A la mujer de país frío tal vez en ciertas ocasiones puedan convenirle los excitantes; pero a una hembra española de sangre hirviente, en esta tierra cálida y bajo este sol, si llega a sentir el espolazo del opio, de la morfina, del haschisch o de otra droga semejante, es casi seguro que en pocos días se convirtiera en una mujer sin pudor, en una miserable prostituta20.
Lo cierto es que, pese a las primeras medidas adoptadas, Julio Blasco Perales, Gobernador civil de Valencia, había reconocido pública y oficialmente en 1921 que sustancias como la cocaína y la morfina eran vendidas hasta en “comercios de especias, abacerías, coloniales y ultramarinos”, así como en “algunos locales de recreo”, y “sin más requisito que la petición verbal”21. Simultáneamente, el diario Las Provincias —en connivencia con el doctor José Sanchís Bergón, presidente del Colegio Médico— había desatado una campaña de prensa al grito de “cómo se envenena a la juventud valenciana”22. Durante varios días consecutivos el periódico conservador se dedicó a alarmar a la opinión pública, a acusar de pasividad y dejadez a las autoridades competentes y, especialmente, a denostar el ambiente ocioso y noctívago que se vivía en cabarets y music-halls y que, a su juicio, constituía el principal problema social que padecía la ciudad de Valencia a nivel local.
Frente al clamor de los próceres morales que exigían más mano dura con las drogas, y la política de restricción y control impuesta, que iba allanando el camino hacia la prohibición incondicional, se alzaron algunas voces antiprohibicionistas, como las de los periodistas Carlos Esplá Rizo y Joan Francesc Bosch i Pons23, aunque su discurso quedó sofocado tras el golpe de Estado protagonizado en septiembre de 1923 por el general Miguel Primo de Rivera y la posterior e inmediata implantación de la censura de prensa.
Justo ese mismo año se publicó el libro Los venenos sociales, del doctor Antonio Pagador, donde el insigne toxicólogo realizaba unas observaciones que concordaban perfectamente con los designios de la nueva mayoría moral:
»No se conocen en España, afortunadamente, los fumaderos de opio, ni es fácil encontrar siquiera un fumadero, aunque ya, por desgracia, en la actualidad y como salpicaduras de la guerra europea, empezamos a ver aumentado enormemente el número de sujetos empeñados en disfrutar las delicias de esas dos sirenas, morfina y cocaína, que hacen estragos en todas las clases sociales.
Madrid y Barcelona, las dos grandes capitales españolas están presas del medio ambiente de cafés conciertos, cabarets repletos de profesionales del amor, que como un aluvión han inmigrado desde 1914, francesas, alemanas e italianas, que han difundido entre la juventud asidua a la vida nocturna el placer mortal de esos dos alcaloides.
Antes no conocíamos más que enfermos de morfina o cocaína cuyo origen estaba en un dolor físico; ahora vamos conociendo al intoxicado por sí y ante sí, al que seducido por una mujer que le relata ensueños fantásticos o por el contagio del ejemplo o por la lectura de una novela pornográfica que de un tiempo a esta parte inunda en cantidad enorme los escaparates de kioskos y librerías, coge la jeringuilla o compra la cajita de cocaína perfectamente preparada por comisionistas sin conciencia.
Y estos son los peores enfermos, los que han sido antes enfermos del espíritu que del cuerpo, los más difíciles de tratar médicamente, los que acaso no curarán jamás.
[…]
En España, antes de la guerra europea, la morfina y la cocaína eran cosas exóticas, que no habían traspasado los Pirineos y apenas tocado los puertos de nuestro litoral. En la diaria labor médica, raramente se presentaban enfermos de estas intoxicaciones y, los pocos que se conocían, eran considerados socialmente como seres extraordinarios, que ocultaban vergonzosamente su veneno y que silenciosamente cruzaban la frontera e iban en busca de alivio y curación a los Sanatorios de Francia y Alemania.
Con la guerra llegó a España una caravana de gentes extrañas, aventureros, bellezas profesionales, apaches, que en esta bendita Nación “alegre y confiada”, según Benavente, y “de los tristes destinos”, según el gran Pérez Galdós, encontró campo libre, abierto y generoso para su vida incierta, trayendo consigo no las virtudes de sus países de origen sino los vicios24.
El calado del discurso —igualmente empapado de españolismo— sugería, sin embargo, que las preocupaciones de Antonio Pagador no se limitaban únicamente al uso extraterapéutico de drogas. De hecho, aparte del contingente de población extranjera que recaló durante la I Guerra Mundial, durante los años 20, en el Estado español se asistió a un espectacular desarrollo urbanístico, ligado a la expansión industrial y potenciado por el aluvión de población rural hacia las ciudades25, lo cual modificó tanto el paisaje urbano como la sociabilidad en las ciudades modernas españolas que, en realidad, eran “capitales de la miseria física, moral y cultural”26. En las grandes ciudades se generalizó la costumbre de trasnochar, es decir, de hacer vida nocturna y se asistió a una notable diversificación de las formas y lugares de esparcimiento (en función de la calidad del espectáculo y la cada vez mayor asistencia de público femenino), lo que provocaba la indignación del doctor Pagador:
»La instalación de grandes hoteles, dancings, cabarets, Kursaales, americain-bar, ha envenenado el sano espíritu español, cuyas neurosis y voluptuosidad no habían pasado más allá de los dorados vinos de Andalucía.
La sociedad española pasa ahora por una crisis grave, por una defección de su personalidad moral tan clásicamente recta, honrada e hidalga. La gente de elevada posición acude a los tés más o menos benéficos, mezclándose sin saber con quién baila y se ciñe y se sujeta a los cánones estrictos por los que se rige cualquier cabaret.
El respeto tradicional español no existe y la sombra del padre se ha esfumado junto a la mesa de un restaurante nocturno o en el fondo del palco de un teatro dudoso. El hijo y el padre son como camaradas que un encuentro sospechoso convierte en cómplices.
La juventud actual masculina, rica, mimada por la fortuna, goza de una libertad que antes no tenía, y la rígida autoridad paternal de ayer ha muerto a manos del ambiente de hoy. Esta juventud no tiene en su vida más que dos objetivos: el sport o el vicio. Al primero nada hemos de objetar, ya que tras el cumplimiento del clásico aforismo “mens sana, in corpore sano”, aunque sólo consiga cumplirlo a medias, en lo que respecta al cuerpo sano, forzudo, de músculos vigorosos y fuertes, que lanzan de una patada el balón de foot-ball al otro extremo del campo.
Su cerebro, su mentalidad, son algo insípido, incoloro, como el agua que mana de una roca.
La juventud viciosa es más peligrosa. A los veinte, a los veinticinco años, estos seres en plena floración de su vida, hombres ya de torcida naturaleza no saben despegarse del alto mostrador de un americain-bar, bebiendo las raras mixturas y las bebidas absurdas en las que entran todos los alcoholes más o menos artificiales27.
Ciertamente, tal y como intuía el doctor Pagador, toda guerra impone cierta revisión de conductas, acelerando o retardando los procesos de cambio. Y, en este caso, puede decirse que la I Guerra Mundial los aceleró, originando fuertes contrastes28 y una gran confusión, dando paso a unos años —la década de los 20— que todavía hoy en día son conocidos como locos.
Además, la Gran Guerra vino a coincidir con la entrada del capitalismo en una fase de plenitud, lo que redundó en el enriquecimiento súbito de muchos industriales, comerciantes, hombres de negocios y especuladores en general, al tiempo que se introdujo el concepto de caducidad y un sentimiento de fugacidad de cosas y normas, el culto a la moda, a lo nuevo por el simple hecho de la novedad: tan pronto se desataba la locura por lo negro29, como se abría paso a la fascinación por todo lo oriental y exótico en general30 o se asistía al redescubrimiento de la antigüedad clásica a través del movimiento olímpico31. Se extendió un aura de tolerancia y modernidad transgresora, el fulgor de vivir, como si la existencia fuese un carnaval de lujo, y un deseo de que el mundo no fuera un valle de lágrimas, sino un edén de pecados fáciles y gratos. La alegría era un fundamento y la libertad una bandera que apenas admitía exclusiones. Todo era aparente júbilo, diversión, ocio elegante, euforizante hedonismo y frivolidad. Mucha gente, especialmente joven, se mostraba contraría a la aburrida sociedad burguesa del Bien y la Norma y pensaba que ya iba siendo hora de que la España negra —viejo dinosaurio dormido y carcomido por el tiempo— se pusiera a bailar el charlestón, de tal manera, el espíritu del momento parecía exigir una incesante busca del tiempo perdido32. Por lo demás, el desarrollo de lo medios de comunicación de masas (prensa, cine, radio) y los nuevos medios de transporte y locomoción (automóvil, avión) propiciaba que por primera vez se pudiera hablar de contagio social.
Estos cambios, sin embargo, pugnaban por introducirse en una sociedad eminentemente agraria, arcaica y caracterizada por el estancamiento secular, con una clase dominante muy conservadora, fuertemente apegada a la tradición y, en consecuencia, enemiga acérrima de cualquier transformación que implicara cierta modernidad. Legitimada por la confesionalidad —Católica, Apostólica y Romana— del Estado, esa clase dominante, que representaba la mayoría moral de los españoles, fomentó una serie de campañas encaminadas a moralizar la vida pública en los grandes núcleos de población. De ahí que fuera precisamente ese fanatismo antihedonista —vinculado al sueño fundamentalista de la pureza de la Raza y la Patria—, que alimentaba cruzadas contra la pornografía —conceptuada entonces como toda práctica que eludiera, directa o indirectamente, la procreación—, la blasfemia, la prostitución y el alcoholismo33, el primero en mostrarse escandalizado ante el empleo de drogas al margen de usos terapéuticos convencionales.
Con todo, los cambios que mayor impacto producían en los próceres morales de la época eran el enarbolamiento de la bandera de la libertad sexual —que daría lugar a las primeras manifestaciones de formas alternativas de entender la sexualidad— y a la redefinición del rol de la mujer en la sociedad occidental. Propiciada por la pérdida demográfica de efectivos masculinos y el excedente de mujeres en edad fértil, se registró una modificación en la actitud —no tanto en la mentalidad— dominante con respecto a la mujer. La sumisión sexual de la mujer —antes sometida a la autoridad del padre y del marido— dejó de estar de moda. La escala de símbolos y valores de femineidad sufrió profundos cambios34. El nuevo modelo femenino pasó a identificarse con una imagen fría, espontánea, autosuficiente y, sobre todo, dinámica de la mujer. Antes, su atractivo erótico se expresaba en una actitud pasiva, inmóvil; a partir de la I Guerra Mundial, la acción se constituiría en elemento indispensable del nuevo prototipo de belleza femenina. Hasta cierto punto, puede decirse que las diversas manías —en particular la de absorber cocaína— y la pasión por el baile fueron expresiones de ese espíritu inquieto; pero su principal vehículo de difusión sería el cine, que aleccionaría al público en general sobre la nueva coreografía de gestos y ademanes femeninos. De ahí la preocupación de quienes pensaban como doctor Pagador:
»Pero el peligro no está únicamente en la juventud caduca y precozmente envejecida, espiritual y físicamente. El hombre, al fin y al cabo, puede luchar y defenderse y el hombre fuerte, animalizado, brusco, no es digno de compasión, ya que al venir al mundo, si se ha encontrado con todas las responsabilidades, también ha recogido todas las ventajas para defenderse en la lucha por la vida.
Lo triste, lo doloroso, lo amargo es que la inconsciencia, la libertad actual, la excitante literatura moderna, procurada a escondidas, la descripción de fantásticas sensaciones artificiales y la curiosidad instintiva, han llevado los venenos a la impoluta alcoba de la mujer española, decente y altiva, cuya reciedumbre espiritual era intangible hasta los tiempos actuales.
El incremento del cine ha contribuido poderosamente a ello. Las mal llamadas películas sentimentales han desarrollado ante los absortos ojos de nuestras mujeres y de nuestras niñas, unos escenarios fastuosos de palacios, de ricos muebles, de tapices, en donde dramas de amor y de adulterio tienen su acción y en donde hemos visto escenas de una lujuria desenfrenada, a la que pone fin el beso torturador del clásico final de toda película.
El cerebro y el espíritu de las niñas-mujeres forzosamente ha sido impresionado por estos espectáculos, causando una excitación nada favorable en ese período crítico de transformación, en que la mujer se encuentra ansiosa, anhelante, intranquila, con un desasosiego interior para ella de causas y finalidad desconocidas, pero que ante las contorsiones de una estrella de película, bien pronto el velo se va rasgando para mostrarle las impurezas de la realidad.
Este ambiente de simulada inmoralidad, va poco a poco minando la hermosa vida interior, pudorosa y patricia de nuestra mujer española, y el problema es para nosotros de una extrema importancia, pues va en ello el porvenir de una generación que ha de ser la fuerza de mañana y la destrucción de una juventud que era el encanto y el timbre de nuestro pueblo.
La vida del hogar no es cuestión de leyes, ni de reformatorios, ni de castigos. Es cuestión de educación, de moral, de que la casa, el hogar y el padre vuelvan a ser lo que fueron. De que el hijo sienta sobre su voluntad, otra superior, más inteligente y más culta que la suya. De que a las horas de comer el padre presida la mesa y de que los hijos acudan al momento preciso, momento en que el teléfono no funcione para avisar que un hijo está fuera de casa, y una hija acompañada de la miss o de la mademoiselle, aún da las últimas vueltas, bailando un absurdo shimmy salvaje, ceñida a un hombre en el salón de té de un hotel aristocrático.
Es preciso que la madre recobre su augusto y dulce papel y que sea la compañera de su hija, la que dirija su educación y modele su espíritu en sus menores detalles, para que al caminar por la calle o penetrar en un teatro, no se confunda a la mujer española con las desventuradas bellezas profesionales, pintadas, teñidas, ceñidas sus formas, como un guante, por el vestido y los ojos alargados por el kool35.
El eminente toxicólogo, y quienes compartían su mentalidad, no sólo culpaban al cine del clima de relajación de las costumbres. También cargaban abiertamente contra la literatura y los medios de comunicación en general, mientras apelaban a la defensa y firmeza de valores tradicionales y, a la vez, pilares básicos del orden social:
»La literatura española de nuestros días produce un elevado tanto por ciento de obras francamente repulsivas.
Desde la cubierta del libro, con su título provocativo, hasta la última página, circula por todas las hojas un vaho de bestialidad y de degeneración. De sobras son conocidos los escritores que ostentan su nombre en la primera página de estas novelas, por las que hacen desfilar toda la cohorte de desgraciadas, viciosos, degenerados e invertidos, personajes copiados unos de la realidad y otros producto de su imaginación decadente y amoral.
La clientela habitual de esta literatura de alcantarilla, está formada por los concurrentes de establecimientos nocturnos.
En las mujeres, a quienes la vida, la necesidad, el vicio o la desgracia han llevado a ejercer esa profesión “tan necesaria en toda república bien organizada”, el ambiente ha torcido su espíritu y la literatura malsana ha hecho lo demás.
En los Códigos Penales no está incluido el delito de escribir con más o menos arte una obra de esta índole, pero a toda conciencia honrada ha de repugnar esta invasión, cada día mayor, que desarrolla un ideario de mancebía.
La prensa en general contribuye poderosamente a ello, haciendo un reclamo de las obras pornográficas y anunciándolas en los rotativos, añadiendo de paso, muchas veces, el retrato de los desaprensivos autores.
El histerismo, la incultura, la irreligiosidad, el hambre y el dolor, constituyen el drama trágico de estas pobres mujeres.
El alcohol, la morfina y la cocaína son el ambiente de su espíritu ineducado.
La sífilis, la tuberculosis, la degeneración física, el hundimiento moral, son el resultado.
Y la miseria y la cama de un hospital son el punto de término de una vida, que empezó con el calor de una primavera y acabará con la frialdad del invierno.
El Estado que se percate de su misión cuidadora de la raza y el individuo que se dé cuenta de su papel de jefe de familia, son los encargados de la defensa social e individual contra los venenos.
Leyes severamente cumplidas por un lado y Educación y Religión por otro, inculcando al individuo el concepto de su propia estimación.
El veneno degenera la raza. Los hijos de toxicómanos heredan la tara neuropática, la predisposición al veneno y vienen al mundo con estigmas de degeneración.
El veneno arruina a la familia, en la que desaparecen los afectos y el cariño.
El veneno contribuye a la despoblación y trastorna el mecanismo social. La riqueza disminuye, el trabajo es malo y escaso y el patrimonio intelectual se hace inferior.
El veneno destruye la conciencia del deber, aniquila la voluntad, convierte al honrado en criminal, al virtuoso en vicioso, al bueno en malo, y al generoso y noble en cruel y desleal.
El veneno conduce al robo, a la mentira, a la desviación del sentido moral, a la depravación genital, a la inversión sexual, al adulterio, al suicidio.
Y todo esto, son el Estado y la Familia, los encargados de evitarlo36.
Se supone, pues, que el Estado debía asumir la defensa de la salud pública no tanto con el propósito de evitar determinadas amenazas externas como para proteger a los ciudadanos de ciertas tentaciones interiores. En consecuencia, en 1924 se promulgó una Real Orden que establecía penas de cárcel tanto para traficantes como para usuarios de drogas37 y cuatro años más tarde se aprobaron las Bases para la Restricción del Estado en la distribución y venta de Estupefacientes, orientadas a “suprimir la circulación de los medicamentos eufóricos fuera de su cauce legal, restringiendo a las necesidades exclusivamente terapéuticas y debidamente justificadas el empleo de las sustancias y preparados originadores de habituación”38. El espíritu de esa norma, que el ministro de la Gobernación, general Severiano Martínez Anido, justificó ante “la necesidad de poner remedio a los graves perjuicios que para la salud y la raza ocasiona el abuso de los estupefacientes y el insuficiente rendimiento en este sentido de la legislación hasta ahora promulgada”, se incorporó a un nuevo Código penal, que entró en vigor en septiembre de 1928. El nuevo Código penal aumentaba la cuantía de multas y condenas, y prestaba una especial consideración a las “drogas tóxicas o estupefacientes”, distinguiéndolas ya del resto de “sustancias nocivas para la salud o productos que puedan causar grandes estragos”; y aunque no castigaba con penas de cárcel el consumo, sí establecía que los alcohólicos y toxicómanos que cometieran cualquier tipo de delito cumplieran “la misma reclusión después de extinguida la condena en un establecimiento o asilo especial”, si su delito había sido “como consecuencia u ocasión de tal vicio”39.
La exigencia de receta médica obligatoria y la persecución de que fueron objeto algunos médicos, farmacéuticos y personal subalterno (dependientes, mancebos de botica, auxiliares de farmacia, practicantes, etcétera)40 no hizo sino propiciar la aparición de un mercado negro callejero, cada vez más consolidado, así como la comisión de nuevas formas de delito, antes desconocidas, como la falsificación de recetas facultativas41 e incluso el robo en farmacias42.
A instancia del fiscal del Tribunal Supremo, el ministro de Gracia y Justicia nombró fiscales y jueces especiales, con el fin de “dar sañuda batalla a una forma de criminalidad refinada en la que el más frío y despiadado egoísmo fomenta un vicio morboso, destructor de las energías de la raza, explotando una tendencia patológica de depauperados y degenerados, ante la que la conciencia pública experimenta viva alarma […] un delito de lesa humanidad y de lesa patria, productor de alarma en la conciencia pública”43. Sin embargo, el propio general Primo de Rivera protegió a una bella bailarina andaluza, apodada La Caoba, que había sido acusada de traficar con drogas, enfrentándose con el jefe superior de Policía de Sevilla, la magistratura y algunos intelectuales. El affaire político se saldó con la suspensión de empleo y sueldo del juez encargado del caso, la destitución de Buenaventura Muñoz Rodríguez, presidente del Tribunal Supremo, la clausura del Ateneo de Madrid y el destierro de su presidente, Rodrigo Soriano, y de Miguel de Unamuno, quienes habían criticado el proceder del Dictador44.
A pesar de este episodio, se intensificó la represión policial, lo que se tradujo en la aprehensión de alijos importantes: 14 kilos de cocaína y 11 de morfina45, en Madrid, y 4.820 gramos de cocaína46, en Irún (1924); 5 kilos de opio47 y medio kilo de cocaína48, en Barcelona (1925); 940 gramos de cocaína49, en Valencia (1926); 500 inyectables de morfina50, en Barcelona (1927); 20 kilos de cocaína51, en Madrid, y 32 kilos de opio52, en Barcelona (1928)… y hasta en el descubrimiento de algún que otro fumadero de opio53.
Las drogas eran cada vez más caras e impuras y su comercio al por menor pasó a ser controlado por un nuevo criminal, desprovisto de formación farmacológica y dedicado a vivir exclusivamente de traficar con polvos. Aunque no se registraron muertes accidentales por drogas, sí se produjeron algunos suicidios por sobredosis54 y bastantes intoxicaciones agudas55, pero ni las multas gubernativas56, ni las detenciones de camellos y usuarios57, consiguieron frenar el tráfico y consumo de sustancias psicoactivas. Tanto es así que ni siquiera el inflexible general Martínez Anido, pudo impedir que una hija suya, pintora, alcohólica y morfinómana, protagonizara sonadas correrías por los cabarets barceloneses58.
Como alternativa a la política represiva, en 1926 se creó en Barcelona la Asociación contra la Toxicomanía59, una entidad pionera en la denominada política de prevención, tratamiento y rehabilitación, que estaba presidida por otro militar, el general Joaquín Milans del Bosch y Carrió, y que tampoco consiguió erradicar el consumo de drogas.
Sin embargo, y como ni la política de control y restricción, ni las acciones represivas desencadenadas en base a ella daban los resultados apetecidos, durante los años 30, en plena II República, se apostó decididamente por la vía de la prohibición incondicional60 y por nuevas y más severas medidas coactivas, como la Ley de Vagos y Maleantes, en virtud de la cual podían ser declarados en “estado peligroso” y sometidos a “medidas de seguridad”, entre otros, los conceptuados como “toxicómanos habituales”61.
Por lo demás, y a tenor de ciertas informaciones aparecidas en prensa, la influencia indirecta de la I Guerra Mundial en el tráfico internacional de drogas y en la expansión de su consumo como un fenómeno de masas llegó a tener un alcance insospechado. Sin ir más lejos, un semanario barcelonés denunciaba un escandaloso asunto:
»Alemania está haciendo entregas de narcóticos, principalmente de cocaína, a los aliados en pago de las reparaciones de la guerra, y grandes cantidades de droga han caído en poder de los contrabandistas, según se afirma en varios artículos sensacionales publicados por los periódicos.
Inmensos cargamentos de cocaína han ido a Yugoslavia, a juzgar por las informaciones de la prensa, donde la droga no se usa para aplicación de la Medicina, sino que se compra por particulares para introducirla clandestinamente en Francia. Se dice que los contrabandistas están levantando inmensas fortunas con este comercio ilícito62.
El sensacionalismo se había adueñado de los medios de comunicación y las drogas habían dejado su espacio habitual, en la sección de sucesos de los diarios y revistas, para convertirse en un tema de rabiosa actualidad. La prensa destacaba los aspectos más dramáticos, sórdidos e incluso aberrantes, en definitiva, memorables (detenciones de consumidores y traficantes, decomisos de alijos, multas, fianzas, condenas, precios, escondites, adulteración, síndromes de abstinencia, intoxicaciones, muertes por sobredosis, etcétera), mientras minimizaba, o directamente silenciaba, aquellos otros aspectos que contradecían o escapaban del estereotipo creado. Las noticias, artículos y reportajes sobre drogas se convirtieron en discurso contra las mismas. Por lo demás, la mayor parte de los escritores, periodistas y reporteros que se ocupaban del asunto (Francisco Madrid Alier, Kim, Gabriel Trillas Blázquez, Magda Donato, Emili Eroles…) coincidían en vincular la génesis y origen del “problema de drogas” en España a la I Guerra Mundial63. Algunos, como Lluís Capdevila y Jaume Passarell, irían más allá y apuntarían al Bar del Centro, ubicado en las Ramblas, junto a la Librería Francesa y muy cerca del Liceo, como el primer local de Barcelona contaminado por la cocaína64. Y todos, sin excepción, acusaban la nefasta influencia de las prostitutas como principal vehículo para la transmisión del vicio. Incluso varios escritores, como Andrés Guilmain, Adrián del Rey y Ramón Gómez de la Serna, publicaron novelas de gran éxito cuya trama argumental incidía en este aspecto65.
En 1935, prácticamente cuando se cumplían veinte años de aquella gran carnicería, el reportero Gabriel Trillas Blázquez resumía la cuestión en la revista Crónica con estas palabras:
»Al terminar la guerra, Barcelona se puso rápidamente a la altura de cualquier ciudad europea. Teníamos todo lo que da categoría: oficinas de espionaje, ladrones internacionales, bandas de pistoleros, baccarat, treinta y cuarenta, whisky. El tóxico blanco y brillante vino enseguida. Tomar nievita era elegante. Significaba conocer los antros tenebrosos de los barrios internacionales, haber gozado de la vida en todas sus dimensiones, estar ya de vuelta después de haber corrido toda la calle.
El principal vehículo para la transmisión del vicio fueron las mujeres. Todas las italianas, alemanas, francesas que vinieron a trabajar a los cabarets barceloneses lo hicieron con medias de seda transparente y con el estuchito de veneno. El vicio se puso de moda en las noches blancas del Edén Concert. Las españolas más conspicuas en los music-halls de entonces no quisieron ser menos que las danseuses extranjeras, y se dedicaron a intoxicarse con entusiasmo. Naturalmente, las señoritas de la segunda división, que también «alternaban» en el foyer, se creyeron en el deber de imitarlas, y no salían de las farmacias. Entonces la venta era libre y la droga costaba poco66.
Justo un año después el doctor César Juarros cuestionaba la tendencia —en su opinión demasiado “seductora por su sencillez”— a descargar sobre la gran guerra europea de 1914 “todo el fardo de las responsabilidades por el aumento, casi vertiginoso”, del consumo de drogas67. Sin embargo, el mismo mes que ganaba las elecciones el Frente Popular, el sexólogo e higienista Ángel Martín de Lucenay insistía sobre el papel que la I Guerra Mundial había desempeñando —vía prostitución— como factor decisivo de la expansión de las toxicomanías en el Estado español:
»España fue un pueblo de costumbres morigeradas al menos en la generalidad de las expresiones superficiales. La prostituta española, que casi siempre gozó fama de «honesta» comparada con sus colegas de otros países, honestidad limitada al ejercicio de su profesión sin refinamientos ni extralimitaciones de la fantasía, es decir, «como Dios manda»; y atenta, a pesar de todo, a las tradiciones ascéticas que imponían la suciedad del cuerpo a modo de coraza para el alma, no se «europeizó» ni aprendió a realizar su higiene íntima hasta que la Gran Guerra no arrojó a nuestro país a las cocottes que como un aluvión cayeron de las cumbres de los Pirineos.
Barcelona, más próxima a la frontera, acogió en su hospitalario seno a estas muestras del mundanismo, elemento exótico que bien pronto se extendió por toda Iberia dedicándose a las más diversas actividades en un ambiente propicio a la expresión de unos encantos que resultaban poco menos que inéditos para los indígenas del país conquistado.
No pretendemos afirmar que antes de la citada guerra fuesen desconocidas en España las toxicomanías; no estabamos tan atrasados. Pero no cabe duda que la difusión de estos vicios fue debida a la inmensa legión de aventureros que vivieron del robo, del espionaje y de la prostitución, sin contar con los grandes negocios de contrabando que producían fácilmente fabulosas ganancias, dando lugar al tipo social del «nuevo rico», a cuya sombra parasitaban las mujeres galantes de los países en guerra que por entonces alcanzaron las máximas cotizaciones en la bolsa del amor de encrucijada.
Uno de los principales rasgos de distinción de esas hetairas estaba en el sello especial que imprime el uso de los estupefacientes. La ola extranjera, desechada por las autoridades de los pueblos beligerantes de Europa, traficó en todo género de productos de precio porque necesitaba recursos para vivir, y las mujeres propagaron la «cocó» y la morfina seguras de que, una vez adquirido el hábito, el narcómano que carece de medios para adquirir la droga roba y mata si es necesario con tal de no verse privado de esos deleites de que las sagaces prostitutas hacían los más vivos elogios.
Ante esta competencia tan bien organizada, el prestigio de la prostituta indígena se vino por los suelos: en Barcelona, Madrid, Valencia, Sevilla, Bilbao y otras poblaciones de importancia, el mercado galante arboló pabellones extranjeros que durante mucho tiempo parecieron inarriables. Las chicas españolas de mal vivir se replegaron hacia las poblaciones de último orden, donde no hacían más que vegetar… Hasta que dieron con el secreto: todo consistía en saberse lavar y en hacer uso de los eufóricos de importación, amén de otros refinamientos eróticos para los cuales el estómago y la mentalidad de las españolas no estaban preparados.
El cabaret, el «music-hall», el «americain-bar» y otros establecimientos parecidos hicieron su aparición en España desterrando el anacrónico y honesto café-cantante e incluso a las cervecerías servidas por camareras.
[…]
Todo lo exótico y despreciable se aclimató en nuestro país, y así se difundió a los tóxicos. La prostituta española, saltando por encima de las tradiciones seculares de la institución, se inyectó morfina y tomó cocaína. Los hombres ya encontraron algún agradable elemento de exotismo en mujeres que, por hablar el mismo idioma y ser más asequibles, ocuparon de nuevo el lugar de preferencia. El día que en un paseo de Valencia apareció una bella prostituta completamente desnuda, como muerta, pero que solamente estaba bajo los efectos de una fuerte dosis de morfina, las mujeres galantes vieron en ella un símbolo, y las drogas eufóricas subieron de precio. Aquella narcómana era española, y por si ello fuera poco, «cantaora» de flamenco…
Algún vate tradicionalista protestó de aquella tremenda injuria inferida a la más medular de las costumbres nacionales: pero el hecho no tenía ya remedio, y la sugestión, vigorosa energía que ha promovido siempre los hechos más extraños, hizo su obra entre todas [las] alegres chicas de la mala vida. En aquella época, la prostituta que no era narcómana, o aparentaba serlo, perdía todo interés por la falta de atractivos68.
Con todo, lo cierto es que a estas alturas el consumo y tráfico de drogas ya no era presentado como una epidemia de ámbito local, importada desde fuera por algunos segmentos de la población de aporte, tal y como habían hecho El Diluvio en Barcelona (1917) o Las Provincias en Valencia (1921), sino como un problema universal y milenario69, cuya génesis se perdía en el origen de los tiempos.
Después de la guerra civil (1936-39), y tras la victoria del autoproclamado Glorioso Alzamiento Nacional, España pasó a convertirse en la “reserva espiritual de Occidente”. Obviamente, en semejante paraíso natural ya no tenían cabida los paraísos artificiales, y el “problema de drogas” fue oficialmente desterrado70, abriéndose paso a un largo período denominado de paz farmacrática.
En realidad, hasta mediada la década de los 60, el consumo de drogas en España reunió unas características muy distintas a las de los países de su entorno, e incluso al modelo y pautas de uso que presentaba el propio Estado español antes de la guerra civil. El aislamiento político y cultural, así como el atraso socioeconómico, en combinación con el ideario del nacionalcatolicismo triunfante, configuraron durante todo el período autárquico del Régimen una eficaz barrera contra cierto tipo de sustancias y algunos hábitos de consumo, al tiempo que otras drogas y otros hábitos tomaron carta de naturaleza entre los españoles.
Aparte del café, tabaco y alcohol —considerado y promocionado como “cosa de hombres”—, los principales autores que han estudiado las distintas manifestaciones de la ebriedad durante el franquismo destacan tres fenómenos típicos y característicos del modelo español71:
Un empleo masivo y generalizado de anfetaminas y barbitúricos, lo que daría lugar en el foro internacional a la denominación de “droga española” para designar genéricamente a este tipo de fármacos.
Un importante consumo de derivados cannábicos (kif, grifa) en ambientes marginales, entre los estratos inferiores y más ignorados de la sociedad (legionarios, ex legionarios y otros africanistas, marineros, asiduos al Barrio chino y a bailes populares, prostitutas, chulos, carteristas y demás delincuentes de poca monta, etcétera)72.
Un considerable número de morfinómanos, más o menos tolerados e institucionalizados.
Junto a estos tres fenómenos también debe consignarse un uso de cocaína bastante extendido —y en algunos casos inmoderado— entre los privilegiados del Régimen, es decir, en el segmento social que no se veía sometido a privaciones económicas y podía divertirse (aristócratas, diplomáticos, tonadilleros y artistas de flamenco, gigolós, toreros, juerguistas de doble moral, famosos del mundillo del teatro, del cine y del espectáculo en general, estraperlistas de altos vuelos, algún que otro jerarca y capitoste del Movimiento, etcétera)73.
De tal manera la epidemia de drogas que se desató en España durante la I Guerra Mundial quedó reducida a simples insinuaciones apuntadas por testigos cualificados, como el periodista y crítico musical Rafael Moragas, Moraguetes, o el escritor Ángel María de Lera74. No obstante, todavía en 1971 Marcelino Moreta proporcionaba la siguiente descripción:
»Barcelona se convirtió en centro donde acudían gentes de todas las latitudes, emigrantes voluntarios y forzosos, aventureros y contrabandistas, traficantes y espías; en la calle se incubarían toda clase de negocios, se ofrecería el amor mercenario en cantidades industriales, el proxenetismo podría desarrollarse sin necesidad de formular un plan y el alcohol y las drogas hallarían campo abierto para su expansión75.
Actualmente, cuando se indaga acerca del origen del llamado “problema de drogas” en el Estado español, algunos autores apuntan a la supuesta cultura del exceso que propició la aparente política de tolerancia y permisividad con el consumo durante la etapa de Gobierno socialista (1982-96); para otros, en cambio, sería una consecuencia más de los aires de libertad generados tras la muerte de Franco (1975); por último, quienes presumen de conservar intacta su memoria histórica lo consideran una herencia desviada del movimiento contracultural e inconformista —de carácter básicamente— juvenil, que surgió en la segunda mitad de la década de los 60. De tal manera, el papel desempeñado por la I Guerra Mundial en la génesis del “problema de drogas” en el Estado español ha quedado minimizado y reducido, salvo contadas excepciones76, al ejercicio literario de algunos escritores (Eduardo Mendoza, Luis Antonio de Villena, Francisco Umbral, Juan Manuel de Prada), que han consagrado el paisaje urbano de ciudades como Madrid y Barcelona no sólo como escenario de novela77, sino también como territorio de esa memoria colectiva de lo contemporáneo, cuya fragilidad tanto deploramos. Una realidad que sugiere una hipótesis inquietante: quizá —para escarnio de esa memoria— funcionan sutiles barreras ideológicas en las factorías oficiales de la historia.
Cfr. Escohotado, Antonio: Historia general de las drogas, Madrid, Alianza, 1989, vol. 2, p. 225. ↩︎
Según ciertos indicadores, al realizar movilizaciones con motivo de la I Guerra Mundial, las autoridades francesas tuvieron que descartar entre un 5 % y un 10 % de los efectivos inicialmente disponibles “como consecuencia del vicio de las drogas heroicas”. Cfr. Barberán, José Luis: “Morfina y morfinomanía”, Ahora, 27/10/1934, pp. 15-18. ↩︎
Cfr. Crónica de España, Esplugues de Llobregat, Plaza & Janés, 1988, p. 805. ↩︎
Cfr. Eroles, Emili: “La toxicomània”, La Humanitat, 31/05/1938, p. 6. ↩︎
Además del contingente de extranjeros, también debemos tener en cuenta a todos los españoles que, desde varios países europeos, regresaron por el mismo motivo. Por ejemplo, según una estadística hecha pública por la Prefectura de Policía de París en febrero de 1916, la colonia española establecida en la capital francesa, que en agosto de 1914 estaba compuesta por unas 50.000 personas, en apenas año y medio se vio reducida a 8.000. No es de extrañar que, a finales del verano de 1914, el número de repatriados en Barcelona alcanzara la cifra de 58.000. Cfr. Villar, Paco: Historia y leyenda del Barrio Chino (1900-1992). Crónica y documentos de los bajos fondos de Barcelona, Barcelona, La Campana, 1996, p. 67. ↩︎
Bueso, Adolfo: Recuerdos de un cenetista. De la Semana Trágica (1909) a la Segunda República (1931), Esplugues de Llobregat (Barcelona), Ariel, 1976, vol. I, pp. 68-71. ↩︎
Sagarra, Josep Maria de: Memorias, Barcelona, Anagrama, 1998, pp. 697-702 y 704-705. ↩︎
Cfr. Fray Gerundio [seud. de Albino Juste García]: “La cocaína en Barcelona. Cómo se envenena al público”, El Diluvio, 20/09/1917, pp. 12-13; “Cómo se envenena al público. La venta de la cocaína”, El Diluvio, 27/91917, pp. 12-13; “Cómo se envenena al público. El escándalo de la cocaína”, El Diluvio, 04/10/1917, pp. 10-11; “Cómo se envenena al público. ¡Viva la cocaína!”, El Diluvio, 11/10/1917, pp. 11-12; “Con motivo de una campaña. La respuesta del señor Amargós”, El Diluvio, 18/10/1917, pp. 10-11 y “Lo de la cocaína. Cómo empezó y cómo acaba”, El Diluvio, 25/10/1917, p. 10. ↩︎
Concretamente, según el Censo de 1920, la población de hecho de Barcelona era de 710.335 habitantes (374.998 mujeres y 335.337 varones). ↩︎
Fray Gerundio [seud. de Albino Juste García]: “La cocaína en Barcelona. Cómo se envenena al público”, El Diluvio, 20/09/1917, pp. 12-13. ↩︎
“Ministerio de la Gobernación. Real Orden circular”, Gaceta de Madrid, 01/03/1918, p. 626. ↩︎
“Ministerio de la Gobernación. Real Decreto”, Gaceta de Madrid, 06/08/1918, pp. 385-386. ↩︎
Pla, Josep: El cuaderno gris. Un dietario, Barcelona, Destino, 1975, p. 494. ↩︎
Según parece, el apócrifo barón de König marchó a París y, en 1926, se naturalizó francés. Más tarde, durante la II Guerra Mundial reapareció en escena, con el nombre de coronel Lemoine, prestando servicios —como agente doble— tanto al almirante Canaris como al general De Gaulle, hasta su muerte, en accidente de circulación, acaecida en 1943. ↩︎
Miñana, Federico: “Los venenos de la mala vida. Vicio, miseria, cocaína”, El Escándalo, 13/05/1926, p. 2. ↩︎
Sagarra: op. cit., pp. 728 y 746-747. ↩︎
González-Ruano, César: Memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias, Madrid, Tebas, 1979, pp. 69-70. ↩︎
Juarros, César: Tratamiento de la morfinomanía, Madrid, Saturnino Calleja, 1920, p. 13. ↩︎
Mas, José: Los sueños de un morfinómano, Madrid, Galatea, 1922, pp. 130-131. ↩︎
Mas: op. cit., p. 131. ↩︎
“Circular de Sanidad”, Boletín Oficial de la Provincia de Valencia, 06/07/1921, p. 1 y “Circular de Sanidad”, Boletín Oficial de la Provincia de Valencia, 09/07/1921, p. 1. ↩︎
“Cómo se envenena a la juventud valenciana. La morfina y la cocaína en los cabarets y music-halls”, Las Provincias, 05/07/1921, p. 1; “Cómo se envenena a la juventud valenciana. La cocaína y la morfina en cabarets y music-halls”, Las Provincias, 07/07/1921, p. 1; “El inspector provincial de Sanidad explica su intervención”, Las Provincias, 08/07/1921, p. 1; “Una carta del presidente del Colegio Médico”, Las Provincias, 09/07/1921, p. 1; “Una carta del inspector de Sanidad”, Las Provincias, 10/07/1921, pp. 1-2 y “La cocaína y sus víctimas”, Las Provincias, 12/07/1921, p. 5. ↩︎
Cfr. Esplá, Carlos: “No es un peligro muy grande”, El Pueblo, 13/07/1921, p. 1 y “Otra dosis de cocaína”, El Pueblo, 14/07/1921, p. 1 y Nimio, Pedro [seud. de Joan Francesc Bosch i Pons]: “La Divina Cocó”, La Provincia Nueva, 04/10/1922, p. 1. ↩︎
Pagador, Antonio: Los venenos sociales. Opio. Morfina, Barcelona, Antonio López, 1923, pp. 33-34 y 192-193. ↩︎
Entre 1900 y 1930 el crecimiento de la población en el conjunto del Estado español se situó en un 27 %; sin embargo, en esas mismas tres décadas la población de Madrid creció un 97 %, la de Barcelona un 85 %, la de Bilbao un 75 %, la de Zaragoza un 72 %, la de Sevilla un 54 %, la de Valencia un 50 %, etcétera. ↩︎
Salaün, Serge: El cuplé (1900-1936), Madrid, Espasa-Calpe, 1990, p. 70. ↩︎
Pagador: op. cit., pp. 193-194. ↩︎
Junto a la miseria postbélica se desató un fuerte consumo, y junto a un emergente socialismo apareció un no menos pujante fascismo. ↩︎
El detonante de esta pasión por fue el jazz y sus planteamientos reeducativos del oído, el movimiento y la comunicación. Cabe decir, en este sentido, que el jazz llegó a Europa durante a I Guerra Mundial de la mano del teniente Jim Europe, pianista, violinista y director de la banda de música del 369 Regimiento de Infantería del ejército estadounidense, los Hellfighters. En concreto, la primera actuación de “una orquesta negra auténtica de jazz” en España, de la que se tiene noticia, se celebró en el club Parisiana, de Madrid, en 1919. Cfr. García Martínez, José María: Del fox-trot al jazz flamenco. El jazz en España: 1919-1996, Madrid, Alianza, 1996, pp. 15 y 59. ↩︎
Especialmente extendida tras el descubrimiento de la tumba de Tutankhamen en 1922. ↩︎
Sobre todo, a través del movimiento olímpico, que comenzó con la I Olimpiada moderna, celebrada en Atenas (1896), y a la que siguieron las de París (1900), St. Louis (1904), Londres (1908), Estocolmo (1912), Amberes (1920), de nuevo París (1924), Amsterdam (1928), etcétera. ↩︎
No es casualidad que la conocida obra de Marcel Proust se publicara entre 1913 y 1927. ↩︎
Cfr. Usó, Juan Carlos: Drogas y cultura de masas (España 1855-1995), Madrid, Taurus, 1996, pp. 47-52. ↩︎
En este sentido, objetos antaño tan femeninos, como por ejemplo la sombrilla, quedaron relegados a la categoría de reliquias arqueológicas; en cambio, actividades hasta entonces vedadas a las mujeres, como broncearse en la playa, conducir o practicar deportes, pasaron a ser afirmaciones de independencia femenina. ↩︎
Pagador: op. cit., pp. 194-195. ↩︎
Pagador: op. cit., pp. 196-198. Si el doctor Pagador, en 1923, al arremeter contra los medios de comunicación, no mencionaba la radio es porque la primera emisión de ésta en España tuvo lugar en 1924. ↩︎
Cfr. “Ministerio de la Gobernación. Real Orden dando disposiciones encaminadas a intervenir y reglar la vida ciudadana en forma que el recreo y el placer no degeneren en vicio y perversión”, Gaceta de Madrid, 10/05/1924, p. 758. ↩︎
Cfr. “Ministerio de la Gobernación. Real Decreto-ley aprobando las Bases, que se insertan, para la Restricción del Estado en la distribución y venta de estupefacientes”, Gaceta de Madrid, 05/05/1928, pp. 690-694. ↩︎
Oppelt García, José: Memoria elevada al Gobierno de S. M. en la solemne apertura de los Tribunales el día 15 de septiembre de 1928 por el Fiscal del Tribunal Supremo…, Madrid, Reus, 1928, p. XXXVIII. ↩︎
Cfr. “Noticias del Gobierno civil”, Las Provincias, 26/03/1922, p. 3; “Los narcóticos”, El Diluvio, 21/09/1922, p. 30; “Detención de un bailarín y de un practicante”, La Voz de Guipúzcoa, 06/04/1924, p. 3; “La venta de cocaína. Registros y detenciones”, El Sol, 09/12/1926, p. 10; “La venta de cocaína”, Las Provincias, 24/12/1926, p. 7; “Los envenenadores de la sociedad”, Diario de Castellón, 11/01/1927, p. 5; “Campaña contra los culpables de la toxicomanía”, El Sol, 12/01/1927, p. 4; “Contra los culpables de la toxicomanía”, Diario de Castellón, 13/01/1927, p. 5; “La venta de cocaína”, Heraldo de Castellón, 28/01/1927, p. 3; “La reventa de cocaína”, Diario de Castellón, 29/01/1927, p. 5; “Los envenenadores de la sociedad”, Diario de Castellón, 29/01/1927, p. 5; “Lo de la cocaína”, El Pueblo, 01/02/1927, p. 5; “La toxicomanía”, Heraldo de Castellón, 04/02/1927, p. 3; “Procesamiento y cierre de una farmacia”, Diario de Barcelona, 05/02/1927, p. 24; “Contra la reventa de cocaína”, Diario de Castellón, 05/02/1927, p. 5; “La venta de drogas estupefacientes. Una farmacia cerrada”, El Sol, 08/02/1927, p. 2; “Comercio ilícito de drogas. Otra farmacia que vendía cocaína”, El Sol, 09/02/1927, p. 3; “Médico en libertad”, Diario de Castellón, 10/02/1927, p. 4; “Dependiente multado”, El Sol, 12/02/1927, p. 5; “Cocaína”, Diario de Castellón, 14/07/1927, p. 4; “Lo de la cocaína”, El Pueblo, 06/11/1927, p. 4; “El proyecto sobre la venta de estupefacientes”, Diario de Castellón, 18/02/1928, p. 5 y “Por la salud pública”, Diario de Castellón, 26/09/1929, p. 6. ↩︎
Cfr. “Tenedor de cocaína”, Las Provincias, 16/12/1924, p. 6; “El proceso de Sevilla”, El Sol, 31/01/1927, p. 3; “Llega a su término la cuestión de la cocaína”, Las Provincias, 01/02/1927, p. 4; “El asunto de la cocaína”, Diario de Castellón, 03/02/1927, p. 12; “Lo de la cocaína”, Las Provincias, 17/02/1927, p. 7 y “Castellón al día”, Heraldo de Castellón, 17/03/1927, p. 2. ↩︎
Cfr. “Robo de tóxicos”, Heraldo de Castellón, 19/05/1927, p. 2 y “Robo de cocaína en una farmacia”, Diario de Castellón, 20/05/1927, p. 5. ↩︎
María Crehuet, Diego: Memoria elevada al Gobierno de S. M. en la solemne apertura de los Tribunales el día 15 de septiembre de 1927 por el Fiscal del Tribunal Supremo…, Madrid, Reus, 1927, pp. 141-143. ↩︎
Cfr. Usó: op. cit., p. 100. ↩︎
Cfr. “Los paraísos artificiales”, La Voz de Guipúzcoa, 15/03/1924, p. 5. ↩︎
Cfr. “Sentencias”, Gaceta de Madrid, 09/08/1927, pp. 39-40 y Jurisprudencia criminal (Edición oficial), Madrid, Reus, 1931, t. LV, pp. 106-109. ↩︎
Cfr. “Los paraísos artificiales”, Diario de Castellón, 04/07/1925, p. 6. ↩︎
Cfr. “Los envenenadores de la sociedad”, Diario de Castellón, 14/07/1925, p. 9. ↩︎
Cfr. Miñana: op. cit. ↩︎
Cfr. “Detención”, Diario de Castellón, 27/02/1927, p. 5 y “Los inyectables”, Diario de Castellón, 02/03/1927, p. 5. ↩︎
Cfr. “Veinte kilos de veneno”, Diario de Castellón, 12/02/1928, p. 7 y “Dos detenidos por expender drogas heroicas”, El Sol, 13/02/1928, p. 4. ↩︎
Cfr. “Detención de traficantes de opio”, Diario de Barcelona, 24/07/1928, p. 17. ↩︎
Cfr. “Los tóxicos”, El Diluvio, 23/09/1922, p. 26; “Fumadero de opio”, Diario de Barcelona, 05/08/1926, p. 4; “Fumadores de opio”, Diario de Castellón, 05/08/1926, p. 5; Marsá, Ángel: “Un fumadero de opio”, El Escándalo, 14/10/1926, pp. 4-5 y Linares, Luis G. de: “Los paraísos artificiales en Madrid. Un fumadero de opio en broma y tres historias tristes”, Estampa, 24/06/1930, pp. [9-12]. ↩︎
Cfr. “Detención de un expendedor de estupefacientes. Se le acusa de haber causado la muerte de una joven”, La Voz de Guipúzcoa, 06/02/1924, p. 6; “Dos muertos por intoxicación”, Diario de Barcelona, 01/04/1924, p. 18; “Un matrimonio se suicida tomando cocaína”, La Voz de Guipúzcoa, 01/04/1924, p. 13; “Aparece muerta una señorita en un hotel”, El Sol, 21/09/1926, p. 7; “Los trágicos paraísos artificiales”, Diario de Castellón, 21/09/1926, p. 9; “Intoxicaciones”, El Sol, 08/12/1926, p. 7; “Muere intoxicada con cocaína”, El Sol, 06/01/1927, p. 5; “Intoxicación”, Heraldo de Castellón, 05/05/1927, p. 2; “Un médico muerto con morfina”, El Sol, 16/10/1930, p. 4 y “Muere intoxicado”, Libertad, 16/10/1930, p. 15. ↩︎
Cfr. “Intoxicado por cocaína”, Heraldo de Castellón, 20/09/1922, p. 3; “Intoxicado por cocaína”, La Provincia Nueva, 20/09/1922, p. 3; “Una joven cocainómana y suicida”, La Voz de Guipúzcoa, 20/02/1924, p. 4; “Por entregarse a los paraísos artificiales”, Diario de Castellón, 10/10/1925, p. 4; “Intoxicación”, Diario de Castellón, 03/12/1925, p. 5; “Borrachera de cocaína”, Diario de Castellón, 02/01/1926, p. 5; “La cocaína”, Diario de Castellón, 24/07/1926, p. 4; “Las víctimas de la cocaína”, Heraldo de Castellón, 02/03/1927, p. 3; “Las víctimas de los tóxicos”, Heraldo de Castellón, 29/03/1927, p. 3; “Intoxicación”, Diario de Castellón, 30/03/1927, p. 5; “La venta de cocaína”, Diario de Barcelona, 18/05/1927, p. 20; “La cocaína”, El Diluvio, 26/06/1927, p. 12; “Una cocainómana”, Diario de Castellón, 15/10/1927, p. 5; “Cocainómana”, Diario de Castellón, 19/10/1927, p. 4; “Un cocainómano”, Diario de Castellón, 08/12/1927, p. 5; “Cocainómana”, Diario de Castellón, 10/02/1928, p. 4; “Intoxicado con cocaína”, El Sol, 11/02/1928, p. 5; “La cocaína”, El Sol, 13/02/1928, p. 3; “La cocaína”, El Sol, 14/02/1928, p. 3; “Las «delicias» de los paraísos”, Diario de Castellón, 25/04/1929, p. 7; “Efectos de la cocaína”, Las Provincias, 08/10/1930, p. 5 y “Un cocainómano”, Libertad, 14/10/1930, p. 11. ↩︎
Cfr. “Servicios policiacos”, Las Provincias, 13/01/1922, p. 5; “Imposición de multas”, Diario de Barcelona, 25/03/1924, p. 2.640 y “Las multas del gobernador civil”, Las Provincias, 12/12/1924, p. 7. ↩︎
Cfr. “Prosigue la caza de cocainómanos”, La Voz de Guipúzcoa, 15/03/1924, p. 5; “Por vender cocaína”, Las Provincias, 10/12/1924, p. 7; “Se dedicaba a la venta de tóxicos”, Las Provincias, 18/12/1924, p. 6; “Dos socios de cuidado”, Diario de Castellón, 11/07/1925, p. 5; “Los envenenadores de la sociedad”, Diario de Castellón, 08/08/1925, p. 5; “Detención de cuatro vendedores de cocaína”, Diario de Castellón, 29/04/1926, p. 6; “Los envenenadores”, El Diluvio, 06/06/1926, p. 11; “Un traficante de cocaína”, El Diluvio, 03/08/1926, p. 5; “Los traficantes de drogas estupefacientes”, El Diluvio, 06/08/1926, p. 5; “Detención”, Las Provincias, 30/10/1926, p. 6; “La venta de cocaína”, Diario de Castellón, 08/12/1926, p. 4; “Detención”, Diario de Castellón, 11/12/1926, p. 6; “Sigue el sumario por la venta de cocaína”, Las Provincias, 25/12/1926, p. 4; “Varias noticias”, Heraldo de Castellón, 03/01/1927, p. 3; “Traficaba en cocaína”, El Sol, 04/01/1927, p. 3; “Detenidos”, Diario de Castellón, 04/01/1927, p. 5; “Los que trafican en cocaína”, El Sol, 06/01/1927, p. 5; “Siguen las detenciones de cocainómanos”, Las Provincias, 28/01/1927, p. 2; “Por traficar en tóxicos”, Diario de Barcelona, 06/02/1927, p. 23; “Los estupefacientes”, Heraldo de Castellón, 07/02/1927, p. 3; “Por dedicarse a la venta de cocaína”, Diario de Barcelona, 08/02/1927, p. 20; “Los estupefacientes”, Heraldo de Castellón, 08/02/1927, p. 3; “Los estupefacientes”, Heraldo de Castellón, 11/02/1927, p. 3; “Sorprendidos cuando tomaban cocaína”, El Sol, 12/02/1927, p. 5; “Detenciones”, Diario de Castellón, 12/02/1927, p. 4; “Detenciones”, Heraldo de Castellón, 12/02/1927, p. 3; “La venta de cocaína”, Diario de Castellón, 13/02/1927, p. 5; “Por expender cocaína”, Diario de Castellón, 06/03/1927, p. 5; “Por la venta de cocaína”, Las Provincias, 22/03/1927, p. 7; “La venta de tóxicos”, El Diluvio, 01/04/1927, p. 8; “Por ocupárseles morfina”, El Diluvio, 07/04/1927, p. 7; “Las drogas estupefacientes”, El Diluvio, 17/04/1927, p. 15; “Los estupefacientes”, Heraldo de Castellón, 18/04/1927, p. 3; “La venta de tóxicos”, El Diluvio, 19/04/1927, p. 8; “La cocaína”, Diario de Castellón, 19/04/1927, p. 5; “Los vendedores de estupefacientes”, Heraldo de Castellón, 30/04/1927, p. 2; “Por traficar con sustancias tóxicas”, El Diluvio, 09/06/1927, p. 11; “Varias noticias”, Heraldo de Castellón, 21/06/1927, p. 3; “Por vender cocaína”, Las Provincias, 22/06/1927, p. 7; “La venta de cocaína”, Diario de Castellón, 27/07/1927, p. 4; “La cuestión de la cocaína”, Diario de Castellón, 11/08/1927, p. 4; “La venta de estupefacientes”, Las Provincias, 11/08/1927, p. 2; “Procesamiento y prisión”, Diario de Castellón, 17/08/1927, p. 4; “Por expender cocaína”, Diario de Castellón, 06/10/1927, p. 6; “Los estupefacientes”, El Pueblo, 08/11/1927, p. 6; “La cocaína”, El Sol, 14/02/1928, p. 3; “La cocaína”, El Sol, 15/02/1928, p. 3; “Detención”, Diario de Castellón, 19/02/1928, p. 4; “Cocainómano”, Diario de Castellón, 16/03/1928, p. 5; “La cocaína”, Diario de Castellón, 04/05/1928, p. 4; “Por ocupársele cocaína”, Diario de Castellón, 09/06/1928, p. 4; “Auto de procesamiento”, Diario de Castellón, 18/08/1929, p. 7; “Detenciones”, Diario de Castellón, 22/09/1929, p. 7; “La policía inicia una batida contra los traficantes de estupefacientes”, Libertad, 09/10/1930, p. 11; “La labor de la policía”, Las Provincias, 12/10/1930, p. 2 y “Hallazgo de un depósito de cocaína. Detenciones”, El Pueblo, 12/10/1930, p. 7. ↩︎
Cfr. Cansinos-Asséns, Rafael: La novela de un literato, 3. 1923-1936, Madrid, Alianza, 1995, p. 214. ↩︎
Cfr. “Contra la toxicomanía”, Diario de Castellón, 20/06/1926, p. 5; “Asociación contra la Toxicomanía”, Diario de Barcelona, 26/06/1926, p. 16; “Asociación contra la Toxicomanía. Acto inaugural”, Diario de Barcelona, 29/06/1926, p. 3; “Asociación contra la toxicomanía”, El Diluvio, 08/08/1926, p. 11; “Asociación contra la toxicomanía”, El Diluvio, 06/04/1927, p. 27; “Asociación contra la toxicomanía”, El Diluvio, 08/04/1927, p. 12; “Asociación contra la toxicomanía”, El Diluvio, 19/04/1927, p. 8 y “Asociación contra la toxicomanía”, El Diluvio, 03/06/1927, p. 11. ↩︎
Cfr. “Ministerio de la Gobernación. Decreto prohibiendo la importación y fabricación en el territorio español, Colonias y posesiones del Norte de África de diacetilmorfina (diamorfina, heroína) y su clorhidrato”, Gaceta de Madrid, 06/08/1932, p. 979. ↩︎
Cfr. “Presidencia del Consejo de Ministros. Ley relativa a vagos y maleantes”, Gaceta de Madrid, 05/08/1933, pp. 874-877. ↩︎
“Como pago de lo que debe Alemania”, El Escándalo, 03/06/1926, p. 2. ↩︎
Cfr. Madrid, Francisco: “Historia de una mujer que vende cerillas en la puerta del Excelsior”, en Sangre en Atarazanas, Barcelona, La Flecha, [1926], p. 127-132; Kim: “Las tragedias de los paraísos artificiales”, Ahora, 12/09/1932, p. 13-18; Trillas Blázquez, Gabriel: “Los paraísos artificiales en Barcelona”, Estampa, 24/03/1934, pp. 7-10 y “Sobre la ruta del veneno blanco (VIII y último)”, Crónica, 25/08/1935, p. 2; Donato, Magda: “Nocturno en Barcelona”, Ahora, 12/10/1935, pp. 15-18 y Eroles: op. cit. ↩︎
Cfr. Capdevila, Lluís: Barcelona, cor de Catalunya, Barcelona, Antonio López, 1926, p. 49 y Passarell, Jaume: Homes i coses de la Barcelona d’abans, Barcelona, Pòrtic, 1968, p. 241. ↩︎
Cfr. Guilmain, Andrés: Gaby, la morfinómana, Madrid, Prensa Moderna, 1928; Rey, Adrián del: El hechizo de Barcelona, Madrid, Mundo Latino, 1929 y Gómez de la Serna, Ramón: La Nardo, Barcelona, José Janés, 1930. ↩︎
Trillas Blázquez, Gabriel: “Sobre la ruta del veneno blanco (III)”, Crónica, 23/06/1935, pp. 31-32. ↩︎
Juarros, C.: El hábito de la morfina (clínica y terapéutica), Madrid, J. Mª Yangües, 1936, p. 14. ↩︎
Martín de Lucenay, Ángel: Los venenos eufóricos, Barcelona, Cisne, 1936, pp. 53-55. ↩︎
Cfr. Barberán, J. L.: “La universal y milenaria manía de los tóxicos”, Ahora, 23/05/1933, pp. 33-35. ↩︎
Cfr. Abizanda, Martín: “Paraísos artificiales o infierno sin esperanza. En España sólo quedan mil toxicómanos”, Semana, 21/01/1947, pp. 26-27. ↩︎
Cfr. González Duro, Enrique: Consumo de drogas en España, Madrid, Villalar, 1979 y Escohotado: op. cit., pp. 388-391. ↩︎
Cfr. Romaní, Oriol: A tumba abierta (Autobiografía de un grifota), 2ª ed., Barcelona, Anagrama, 1986. ↩︎
Cfr. Flores, Lola: “Yo, en carne viva (IV)”, ¡Hola!, 03/04/1982, p. 14; Speratti, Alberto: El crimen de la calle Legalidad, Barcelona, Martínez Roca, 1983, p. 88; Landi, Margarita: Crónica sangrienta. Memorias, Madrid, Temas de Hoy, 1990, pp. 29 y 33; Prieto, Martín: “Corresponsal en Madrid. Magisterio de costumbres”, Tiempo de Hoy, 27/05/1991, p. 39; Umbral, Francisco: Madrid 1940. Memorias de un joven fascista, Barcelona, Planeta, 1993, pp. 52, 61-62, 118, 155 y 157; Rabal, Paco: Si yo te contara, Madrid, El País-Aguilar, 1994, pp. 166-168; Usó: op. cit., pp. 220-228; Pozo, Raúl del: “Crónicas mundanas. Diario de la Navidad”, Tiempo de Hoy, 30/12/1996, p. 110; Castilla del Pino, Carlos: Pretérito imperfecto, Barcelona, Tusquets, 1997, pp. 372-374. ↩︎
Cfr. Cabañas Guevara, Luis [seud. de Rafael Moragas]: Biografía del Paralelo, Barcelona, Memphis, 1945 y Lera, Ángel María de: Ángel Pestaña, retrato de un anarquista, Barcelona, Argos, 1978. ↩︎
Moreta, Marcelino: Historias de Barcelona, Barcelona, Eds. Literarias y Científicas, 1971. ↩︎
Cfr. Villar: op. cit. ↩︎
Cfr. Mendoza, Eduardo: La verdad sobre el caso Savolta, Barcelona, Seix Barral, 1975, p. 40 y La ciudad de los prodigios, Barcelona, Seix Barral, 1986, pp. 257, 333-334 y 339; Villena, Luis A. de: Divino, Barcelona, Planeta, 1994, pp. 13, 17, 30, 32, 35-36, 45-46, 78, 88-90, 102, 132, 160, 161, 174 y 179-180; Umbral, Francisco: Las señoritas de Aviñón, Barcelona, Planeta, 1995, p. 73 y Prada, Juan Manuel de: Las máscaras del héroe, Madrid, Valdemar, 1996, p. 164. ↩︎