El pasado mes de septiembre la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) insertó en TODOS los suplementos dominicales de los diarios españoles un encarte dirigido a padres y madres, bajo el título “Algunas realidades sobre los consumos de drogas”, cuyo contenido informativo está supeditado a una rotunda afirmación preliminar: “En la actualidad, los consumos de drogas (sustancias, formas de consumo, etc.), nada tienen que ver con las imágenes y percepciones del pasado”. La mayoría de las personas darán por válida esa aseveración; sin embargo, una premisa tan categórica como inconcreta merece una reflexión. La referencia a la “actualidad” no tiene mayores complicaciones, pues se limita a centrar la cuestión en el presente. En cambio, la invocación al “pasado”, aunque parezca igualmente diáfana, suscita algunas dudas, y no debería, pues como decía Polibio “la humanidad no posee regla mejor de conducta que el conocimiento del pasado”. ¿A qué momento nos remite ese “pasado”, cuyas “imágenes y percepciones”, según la FAD, no se corresponden ya con las actuales? ¿Al mundo antes de internet? ¿A los bailongos años 90, con sus raves y rutas del bakalao saturadas de rayas de coca y pastillas de éxtasis? ¿A los años de la Transición y la Movida, ensombrecidos por el caballo? ¿A la época de los hippies, impregnada de quimeras lisérgicas? ¿Al período de la autarquía franquista, caracterizado por un uso masivo de drogas legales, la presencia de toxicómanos institucionalizados, un empleo a veces inmoderado de caviar blanco en determinados círculos de privilegiados del Régimen y un uso muy extendido kif y grifa entre los estratos más ignorados de la sociedad? ¿A la II República, cuando la prensa llegó a considerar que Barcelona actuaba como “central del tráfico clandestino de estupefacientes para toda Europa”? ¿A los felices o locos años 20, cuando el empleo de cocaína, morfina, opio y éter estaba a la orden del día? ¿A la denominada belle époque, cuando esas sustancias que hoy consideramos tan peligrosas se vendían libremente en todas las farmacias?…
Lejos de inspirarse en la célebre máxima de Polibio, la FAD propone “conocer la realidad de hoy” —como primer paso para “poder actuar y prevenir”— negando cualquier vínculo con la historia. No estaría de más que alguien nos explicara por qué la FAD cuando alude al “pasado” habla de “imágenes y percepciones” y cuando se refiere a “hoy” —es decir, a la “actualidad”— lo hace en términos de “realidad”. Porque estamos de acuerdo en que el conocimiento del pasado está sometido a filtros interpretativos, y por tanto es algo puramente subjetivo, pero otorgar al conocimiento del presente el rango de objetivo, como si dependiera únicamente de la observación y experiencia directa de la realidad raya en lo ingenuo o en lo perverso. De ahí que sus expertos, buenos conocedores de la fragilidad que aqueja a la memoria colectiva de lo contemporáneo, prefieran desentenderse de un asunto tan espinoso y pretendan instruirnos simplemente con “cosas que todos debemos conocer”.
En primer lugar, destaca la FAD el hecho de que “cada vez se consumen más drogas”. Se trata de una afirmación tan obvia que ni siquiera deberíamos comentarla. Esa misma idea ya fue expresada —no con idénticas palabras— por el ministro de la Gobernación, general M. Anido, y el propio Alfonso XIII en los años 20; y por más de un periodista durante la II República; y por Mato Reboredo, jefe de la Brigada de Estupefacientes creada por Franco en 1967… Ha sido una afirmación mil veces repetida durante los 70, 80 y 90, lo cual debería hacer reflexionar a la FAD —y de paso al Plan Nacional sobre Drogas (PNSD)— sobre el fracaso de sus objetivos iniciales.
Estima luego la FAD que las drogas “se encuentran integradas en la cultura, responden a los estilos de vida y a los valores dominantes”, hasta el punto de que “se han convertido en un producto de consumo más”. Cierto, lo mismo podría decirse de otras muchas cosas. Lo sorprendente en este caso es que por primera vez se le reconozca a un producto prohibido como las drogas su carácter de elemento culturalmente integrado… y hasta integrador. Y queremos resaltar este punto porque en 2002 el entonces delegado del PNSD se pronunció en contra de una eventual legalización del cannabis arguyendo precisamente que dicha medida “supondría incorporar otra sustancia a nuestra cultura, además del alcohol y el tabaco”. No estaría de más que alguna voz autorizada nos aclarara esta pequeña confusión. ¿O es que acaso debemos entender que la incorporación e integración de las drogas en nuestra cultura se ha producido en estos últimos cuatro años?
La tercera de las “cosas que todos debemos conocer” es que actualmente “los consumos de drogas están presentes en todas las edades y en todos los grupos sociales”. En realidad, el carácter intergeneracional e interclasista —o quizá deberíamos decir ageneracional y aclasista— del uso de drogas es un aspecto que viene poniéndose de relieve desde hace décadas, e históricamente se ha planteado a modo de colofón o aderezo a la idea inicial de que “cada vez se consumen más”. En cualquier caso, lo que no acaba de entenderse es que la FAD haga este tipo de denuncias situándose al margen, pues a fin de cuentas se trata de una asociación que se autoproclama pionera y adalid de la prevención en España desde hace 20 años. En sentido, sería bueno que tanto la FAD como el PNSD —creado un año antes— hicieran algo de autocrítica y revisaran los planteamientos de su supuesta política preventiva, pues muchas de las calamidades que suelen denunciar en relación con los consumos de drogas se han producido al hilo de su intervención.
También asegura la FAD que “en los últimos años, los consumos asociados al ocio y la diversión tienen una especial incidencia entre los jóvenes”. De nuevo nos encontramos ante otra verdad de Perogrullo, y como botón de muestra la campaña de prensa lanzada en 1921 por el diario Las Provincias en primera plana bajo la cabecera: “Cómo se envenena a la juventud valenciana. La morfina y la cocaína en los cabarets y music-halls”. Tradicionalmente los medios de comunicación han puesto un énfasis especial en el nexo entre ocio y diversión juvenil y consumo de drogas. Y es que, tópicos aparte, siempre se han dado hechos objetivos sobre los cuales sustentar esta afirmación. P. ej.: en 1917 el conde de Villanueva de Soto tuvo que ser atendido de una sobredosis de cocaína, cuando contaba 20 años de edad, a la salida de un cabaret donostiarra; entre los detenidos en Madrid en 1922 por dedicarse a la venta ilícita de cocaína y morfina se encontraba J. Menocal, de tan sólo 17 años; en 1925 se atendió en una Casa de Socorro madrileña a A. Amorós, de 18 años, que presentaba síntomas de una intoxicación por cocaína; en 1927 fue detenido en Castellón un joven de 21 años que, valiéndose de un niño de 10 y unas recetas falsas, intentó conseguir unos gramos de morfina en una farmacia; en 1930 una toxicómana madrileña, conocida como Maruja “La Marañón”, relató a un reportero cómo fue iniciada en el consumo de cocaína, con 16 ó 17 años, por una amiga de su madre… La relación podría hacerse interminable, incluso antes de llegar a los míticos 60, cuando los medios de comunicación se esforzaron lo indecible en presentar el consumo de drogas como uno de los rasgos distintivos de los movimientos juveniles de carácter contestatario surgidos durante aquellos años.
En cualquier caso, nos sentimos obligados a poner de manifiesto la contradicción en la que incurre la FAD al insistir ahora en la asociación jóvenes-drogas. Y si decimos esto es porque en el I Foro Jóvenes, Drogas y Comunicación, organizado y financiado por la propia FAD en 2005, entre las críticas realizadas a los medios, se denunciaba la existencia de una “tendencia a asociar el binomio jóvenes-drogas como una relación inevitable”, lo cual, mediante el mecanismo conocido como profecía autocumplida, “condiciona la propia imagen que los jóvenes tienen de sí mismos”. En consecuencia, entre las propuestas de actuación sugeridas a empresas de comunicación y periodistas se hacía hincapié en evitar dicha asociación, entre otras imágenes estereotipadas (“heroína-marginalidad, cannabis-normalidad, éxtasis-éxito laboral o social, etc.”). Ha bastado un año para que la FAD entrara en contradicción con su propio discurso. Además, exagera cuando afirma que las edades de inicio a los consumos se han reducido “de forma alarmante” en los últimos. Apoyándose en datos oficiales, el médico de familia F. Caudevilla ha demostrado que se han mantenido prácticamente estables entre los 16-18 años, si bien es cierto que han aumentado los porcentajes de uso. En este sentido, coincidimos con el investigador J. Cebrián en destacar la manipulación que se esconde tras el mito de ese supuestamente alarmante consumo infantil, cuyo propósito no es otro que incrementar la ansiedad y el pánico de padres y madres y utilizar a los menores como coartada incontestable en la represión contra los adultos usuarios de drogas, a quienes se quiere seguir tratando como a niños.
La FAD también se hace eco de un hecho incuestionable: “paralelamente se ha producido una pérdida en la percepción de riesgos de los consumos”. Se trata de algo que ya exponíamos en el n.º de CÁÑAMO correspondiente a agosto de 2002. Todavía en marzo de ese año, uno de cada cuatro encuestados por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) consideraba las drogas como uno de los principales problemas en España. En aquel mes de marzo de 2002 el de las drogas era, por orden de importancia, el tercer problema para los españoles, sólo superado por el paro y el terrorismo de ETA. Desde entonces las drogas han caído en picado en el ranking hasta no llegar a figurar ni entre las diez primeras preocupaciones que los ciudadanos dejan traslucir a través de estos sondeos de opinión. Así, en el barómetro del CIS del mes de septiembre de 2006 el porcentaje que considera las drogas como uno de los tres problemas más importantes del país se sitúa únicamente en el 1,5 %. Y hablamos de la pregunta que refleja lo que podríamos denominar “percepción objetiva” (que habitualmente reproducen los medios de comunicación), porque si prestamos atención a la cuestión que respondería a la “repercusión real” (ignorada sistemáticamente por los medios) el porcentaje que identifica las drogas como un problema no llega al 0,5 % de los ciudadanos encuestados.
En el encarte de la FAD no se da ninguna pista sobre las razones de dicho cambio, pero de su actuación podemos deducir que consideran a los propios medios de comunicación como principales responsables. Nos referimos al acto —presidido por la Reina— que organizó la FAD en su propia sede en diciembre de 2005, y al cual se adhirieron prácticamente la totalidad de los medios de comunicación españoles. El objetivo central de dicho acto no era otro que los profesionales de los medios declararan públicamente su “preocupación por los consumos de drogas en la sociedad española y por sus posibles consecuencias en la esfera personal, familiar y comunitaria, máxime en unos momentos en que nuevas sustancias y nuevos patrones de consumo disminuyen la percepción de los riesgos y reducen la alarma social” y se comprometieran solemnemente a “la construcción de una opinión pública más libre y reflexiva y favorezca la articulación de una dinámica social capaz de afrontar los riesgos derivados de los consumos de drogas, especialmente entre los jóvenes”. Es decir, que asumieran activamente su papel en el incremento de la percepción de riesgo por parte de la sociedad. Y… en eso están.
En realidad, la pérdida de percepción del riesgo parece ser la máxima preocupación de la FAD desde hace algún tiempo, de ahí que los tres últimos puntos de las “cosas que todos debemos conocer” apelen directamente al argumento del miedo:
»Consumir drogas es siempre un riesgo. Este riesgo puede variar según el tipo de sustancias, la forma de consumo, las características personales de cada consumidor, etc.
Las consecuencias de los consumos de drogas no son exclusivamente médico-sanitarias. No son únicamente un riesgo para la salud.
Los problemas más graves pueden revelarse en el desarrollo educativo, en el ámbito familiar y laboral, en la adaptación a la realidad, en la generación de conductas antisociales, incidencia en accidentes de tráfico y laborales, etc.
A estas alturas cualquier persona sabe perfectamente que el uso de drogas implica cierto peligro. En este sentido, un riesgo indica la proximidad de un daño, pero no implica necesariamente un daño seguro. Vendría a ser el resultado de multiplicar el coste de un posible daño por la probabilidad de que éste ocurra. Lógicamente, el peligro es elevado si el daño potencial es mucho y la probabilidad de que suceda es alta. Pero en sus admoniciones habituales, ni la FAD ni el PNSD tienen en cuenta el factor probabilidad y centran todo el peso de su mensaje en el daño, que invariablemente suele ser descrito como mayúsculo. Lo cual no deja de ser una verdad a medias y, por tanto, un arma de doble filo.
Aunque esos mismos instrumentos (el recurso fácil al miedo, las verdades a medias…) no han servido para prevenir nada entre las personas más jóvenes, que por imperativo biológico están ávidas de experiencias novedosas, de sensaciones fuertes, y suelen identificar riesgo con emoción, son ahora dirigidos a padres y madres con algunas “claves para actuar a tiempo”, en ese tono imperativo que tanto gusta a nuestros empresarios morales: “No te asustes, actúa. No te relajes, empieza pronto. No te despistes, ofrécete. No te pases, conecta. No temas frustrarles, ponles límites. No impongas, anímales. No huyas, involúcrate”. Creemos que en esta ocasión se darán por satisfechos si consiguen aumentar la alarma y elevar la percepción de riesgo de la sociedad adulta con respecto a las drogas, y que eso se refleje en las encuestas oficiales. Pero con esos planteamientos tan sesgados, y tal como están las cosas, hasta eso van a tener complicado.